Tratado nuclear

ENRIQUE VÁZQUEZ

Era sabido que la administración Trump abandonaría el Tratado Nuclear que la comunidad internacional (representada por las cinco potencias oficialmente atómicas encabezadas por los Estados Unidos) firmó hace casi cuatro años con Irán. Y lo hizo hace ya un año por una razón mucho más sencilla de lo que parece: el Washington de Trump hace literalmente la política de Israel y ahora, de paso, la de Arabia Saudí y los Emiratos Árabes, todos muy preocupados por la consolidación del régimen islamo-shií de Teheran y por su acción regional.

El lector informado puede aducir sin equivocarse que la fuerza nuclear de Israel, un secreto a voces al que el mundo no exige, en cambio, ni siquiera su oficialización, debería ser el argumento suficiente para hacer exactamente lo contrario porque el Tratado garantizaba la neutralización de la dimensión militar del programa iraní paralizado por completo como reconocen los informes de inspección de la Agencia Internacional de Energía Atómica, regulares y estrictos que han comprobado el cumplimiento estricto por Irán de sus obligaciones.

De modo que la primera consideración podría ser, pero no será, que la comunidad internacional, tan lógicamente preocupada por la difusión de las armas atómicas, debería exigir el control del programa israelí al respecto, pero no lo hace ni lo hará nunca. La región ha cambiado mucho en poco tiempo, la causa palestina hace años que ha dejado de ser una genuina causa nacional popularmente sostenida a fondo por Gobiernos y opinión al unísono y el liderazgo saudí y su inigualable poder financiero tiende a consolidarse como la larga mano de Washington manejada, directamente, por dos diligentes y jóvenes promesas: el príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman, de 33 años, y el yerno de Trump, Jared Kushner, de 37.

El servicio a Israel está, además, en vísperas de otro de envergadura: la próxima presentación del plan de solución de la cuestión nacional palestina, del que se ocupa dirigiendo un equipo ad hoc el propio Kushner y que, a falta de detalles, la OLP rechazará en la medida en que, como está claro, va a sostener todas las ganancias territoriales de Israel, empezando por las de Jerusalén. Hablando de ganancias no sobra subrayar la relativa indiferencia con que el mundo ha recibido el anuncio de Trump, en persona, de que su administración también considera ya como territorio de soberanía israelí los Altos del Golán, sirios y ocupados por Israel desde la guerra de 1967.

En este contexto de completa desinhibición de Washington para perpetuar la ocupación y liquidar la causa palestina, llama la atención la sorpresa con que parecen recibir algunas cancillerías la sugerencia iraní de que podría reconsiderar su razonable posición sobre la proliferación atómica, tan alabada por la UE hasta hace poco.