TESOROS PRECOLOMBINOS EN BENALMÁDENA

Felipe Orlando, creador del museo. /SUR
Felipe Orlando, creador del museo. / SUR
CATALINA URBANEJA ORTIZ

SU variada oferta museística ha convertido de Málaga capital en un referente cultural que recibe numerosas visitas de los amantes del arte, nacionales e internacionales. Sin embargo, existen en la provincia otras propuestas, más humildes pero igualmente atractivas, que merecen ser conocidas por el público.

El Museo Precolombino Felipe Orlando de Benalmádena es una joya escasamente valorada por los naturales de la Costa del Sol, que prefieren buscar este tipo de incentivos en lugares más lejanos, acaso animados por la posibilidad de emprender un viaje.

La primera vez que acudí a este museo me sentí transportada hacia la, entonces desconocida para mí, América Precolombina. Digo «desconocida» porque en la escuela nos enseñaron a los de mi generación que cuando Colón llegó al Nuevo Mundo se encontró con unos pueblos salvajes e ignorantes que se sorprendían y aterrorizaban ante la presencia de unos hombres cubiertos de armaduras y montados, cual míticos centauros, en esos extraños animales que llamaban caballos.

Encontrarme con aquellos materiales fue un revulsivo que me hizo indagar sobre las culturas americanas; un conocimiento ampliado tiempo después gracias a las magistrales clases que sobre Historia de América impartía la doctora Pérez de Colosía en la Universidad de Málaga. Como trabajo de fin de curso nos encargó, a mi amiga Merche y a mí, una investigación sobre el contenido de este museo cuyas conclusiones deberíamos exponer en clase acompañándolas de algunas imágenes de su interior. Hacía tiempo que conocía a don Felipe Orlando, su director conservador, un hombre culto, menudo, y vital, de una exquisita educación y siempre agradecido hacia quienes mostraban interés por el centro que dirigía. Recuerdo su entusiasmo cuando fuimos a pedirle que colaborara en nuestro trabajo abriéndonos las vitrinas a fin de fotografiar con mayor nitidez alguna de aquellas piezas para presentarlas en clase y obtener una buena nota. Fue tal su generosidad que incluso llegó a indicarnos cuáles eran sus ejemplares preferidos, entre ellos un jefe sentado, con la cabeza coronada por un penacho de plumas, símbolo del quetzal; sus orejas adornadas por grandes sarcillos y un collar de cinco cuentas rodeando su cuello, atuendo característico de la Cultura del Golfo de Méjico.

Don Felipe era un antropólogo, mejicano de nacimiento y benalmadense de adopción, que había puesto a disposición de la ciudad su valiosa colección. Para acoger tan inestimable regalo, el ayuntamiento acondicionó un coqueto edificio cerca de la Casa Consistorial en el que, además, se expondrían otros objetos procedentes de excavaciones arqueológicas de la zona y de sus fondos marinos que abarcan un abanico temporal que discurre desde la Prehistoria hasta la época Romana.

De las piezas precolombinas destacan los recipientes de cerámica con adiciones zoomorfas que responden a una ancestral simbología en la que la serpiente era un elemento común a estas civilizaciones. La emplumada de Quetzalcoatl, tenía un significado especial para aztecas y mayas, que asimismo idolatraban al cocodrilo, al que vinculaban con una de sus más importantes divinidades: Chaak, el dios de la lluvia. Curiosamente, estos pueblos que no se relacionaban entre ellos, compartían creencias muy parecidas y al mismo tiempo desiguales. Las diferencias estribaban en la ejecución de sus ceremoniales, pues mientras los aztecas ofrecían sacrificios humanos a sus dioses, los incas no concebían este tipo de rituales.

El museo precolombino de Benalmádena constituye una lección magistral, tanto en el aspecto geográfico como histórico y artístico, que exhibe testimonios de la vasta cultura de unos pueblos que permanecieron aislados hasta la llegada de los españoles. Pueblos perfectamente jerarquizados en una rígida estructura social representada por caciques y sacerdotes que gobernaban tiránicamente a sus súbditos hasta que fueron fagocitados por los europeos, fundamentalmente españoles y portugueses, que ambicionaban no tanto el poder como la explotación de sus fuentes de riqueza, en especial el oro y la plata.

La perfecta distribución en salas independientes, agrupadas por pueblos, propicia que el visitante haga una comparativa entre las distintas culturas: Olmecas, Toltecas, Aztecas, Mayas, Incas, etcétera, y se implique en la observación de una riqueza plástica y artística ya desaparecida. Restos materiales vinculados a unas creencias religiosas contra las que los españoles se obcecaron en luchar a fin de acabar con la idolatría y convertirlos a su fe. Porque la difusión del catolicismo se esgrimió como bandera para dominar a unos pueblos perfectamente organizados, muchos de ellos bajo la forma de imperio, que se resistieron a la aculturación en una lucha sangrienta que finalmente se mostró incapacitada para evitar el sometimiento a la Corona de Castilla.

Confieso mi predilección por este museo, cuya visita suelo recomendar siempre que me es posible ya que lo considero uno de los grandes centros precolombinos del país, con unos fondos incrementados mediante la adquisición de nuevas piezas por parte del ayuntamiento, así como con préstamos y donaciones de particulares.