La tesis colgada

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

Las playas de Moncloa, de pronto, se han quedado sin arena. Los últimos temporales de fin de verano han hecho desaparecer la propia fisonomía playera y se han llevado por delante chiringuitos, sombrillas y hasta algún bañista. El agua, que se decía de color turquesa, tiene color marrón, enfangada por los sucesivos aluviones de tierra que han ido a para al mar propio.

Instar la desaparición del adversario parece signo de nuestros días. No quiero ganarte, quiero que te estrelles, que la gente mire y, a la vista de lo que de ti expongo, te desahucien por completo. Todo empezó con ese «indecente» que Sánchez, inopinada y torpemente, llamó a Rajoy en un debate televisivo. Ahí se adivinaron intenciones. Sánchez necesitaba que su adversario no fuera honesto y el hecho de que sí lo fuera era un grave inconveniente para él. Más tarde en la moción de censura, que tan bien le salió al líder socialista, la base de la misma fue un reproche penal incurso en una sentencia sobre la financiación ilegal de la campaña electoral de dos municipios de Madrid en 2003. O sea, a la búsqueda de un hecho ilegal o inmoral del año que fuera y de autores o culpables remotos; le valía. Luego vinieron otros hechos y cuestiones, Sánchez se puso siempre del lado de la decencia, la transparencia y la limpieza -si critico la humedad se dará por hecho que estoy seco-. Cifuentes dimitió, también lo hizo Montón y todo se dispuso para emprender una auténtica ofensiva contra el nuevo presidente del PP. Pero el run-run del doctorado de Pedro Sánchez, aludido meses antes por el exministro Sebastián, saltó a los aires. Sospechas de ayudas, plagio, tribunal escaso, tiempo récord entre matriculación y finalización, calificación cum laude, libro posterior firmado por varios... El fariseísmo de la política española pegó la vuelta contra sus impulsores. Ello o la viga en el propio ojo y la paja en el ajeno. Las armas de doble filo, la bomba que le estalla al propio bombero... Y es que no se puede hacer una hoguera en lugar ajeno sin riesgo de salir ardiendo.

Cuando uno mira hacia atrás y en simultáneo divisa el horizonte se pregunta cómo es posible que hayamos llegado hasta aquí. Deshonestidades hay muchas. Fingir que se gobierna con sólo 84 diputados es una de ellas. Apoyarse en los partidos que dieron el golpe de estado o en aquellos cuyas líneas de separación con la ETA es ciertamente tenue o inexistente es otra, y muy grave. Blandir la exhumación de Franco en un auténtico dislate de propaganda y extemporaneidad tampoco es ni constructivo ni ético. Anunciar nuevos impuestos, dar por muerto el diésel, cuestionar la defensa del juez Llarena como representante de uno de los poderes del Estado ante el exterior, debilitar las instituciones ante los secesionistas catalanes o aumentar la plantilla de los mossos en estas graves circunstancias, todo ello está a medio camino entre la imprudencia temeraria más ilusa, incapaz e impericial, y la más grave deshonestidad. Sánchez 'el decente' es un impostor -a todas luces-, con tesis y sin ella.

La batalla política siempre se ha distinguido por la ignorancia de sus límites. Se dice «no todo vale» cuando los excesos ya rezuman, Montón al despedirse -o días antes- dijo aquello de «no todos somos iguales», era una frase desesperada de autosalvamento y acusación. Hay que empezar a medir, cada cual ha de hacer frente a sus responsabilidades, a todas. No hay gobiernos estupendos ni bonitos, los hay que son serios y eficaces o que no lo son. España no es un juego, al menos Pedro Sánchez ya sabe algo de ello, tras tanta rectificación y tanto zasca. Sea como sea, vaya como vaya o acabe el episodio del cuestionado doctorado del presidente, hay que empezar a arrojar la frivolidad de la acción de gobierno y de la vida pública. Se gobierna cuando se gana y, en cualquier caso, se gobierna para todos, tomando las decisiones que mejores se consideren, no las que más convengan al gobernante de turno. Ello vale también para tachar de indecente, ilegítimo o inmoral, aquello que quien señala considera sinceramente que lo es, no que le pueda interesar que efectivamente lo sea. Las poses o el hoy llamado postureo se van de las manos.

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