La tercera ilustración

La ciencia necesita de unas humanidades que sean capaces de hacerse las mismas preguntas que se hace la ciencia y llevarlas más allá

La tercera ilustración
FEDERICO SORIGUERMédico y membro de número de la Academia Malagueña de Ciencias

La casa museo del escultor Suso de Marco (o casa estudio como él la llama) es uno de esos espacios culturales que están contribuyendo sensiblemente a que la 'Málaga ciudad de la cultura' sea una realidad encarnada y no solo retórica. Recientemente Suso me ha invitado a inaugurar su particular curso académico con una conferencia sobre 'Arte y Salud'. Es evidente que solo mi amistad con Suso y mi condición de asiduo asistente a las actividades micro-culturales de la casa-estudio que Suso tiene en el Puerto de la Torre, podían justificar tamaña osadía por su parte (y por la mía). Una vez asumido el envite decidí hablar sobre las bases biológicas de la creatividad humana, que es una cuestión cercana a mi interés por los orígenes del cuerpo y por el ser humano como un animal que, evolutivamente inacabado, ha desarrollado un enorme espacio exosomático, al que genéricamente aquí llamaremos cultura, que ha sustituido con ventajas sus limitaciones biológicas. Pero cuando ya tenía decidido el tema llega a mis manos el último libro de de E.O. Wilson titulado 'Las bases biológicas de la creatividad'. La verdad es que tardé un par de días en reponerme del golpe pues es duro el comprobar que la originalidad es, en la mayoría de los casos, solo un síntoma de la ignorancia. Otro, y en este caso no uno cualquiera, se había adelantado. Por si alguien no lo conoce E.O. Wilson es uno de los más importantes científicos vivos. Gran naturalista y mirmetólogo (especialista en hormigas), es conocido sobre todo por ser el padre de la sociobiología, disciplina que enfoca el estudio de las conductas sociales (de animales y humanos) a partir de bases biológicas. El libro así llamado ('Sociobiologia. La nueva síntesis'), publicado en 1975 no dejó indiferente a nadie, especialmente aquellas interpretaciones que se suelen identificar con el darwinismo social.

Sí, es cierto que desde la sociobiología se ha intentado justificar, más que explicar, algunos comportamientos humanos poco edificantes, pero también lo es que con la sociobiología los humanos se ven obligados a mirarse al espejo y reconocer que, lejos de reflejar esa imagen satisfecha de seres hechos a imagen y semejanza de Dios, como toda las teodiceas se empeñaban y se empañan en hacernos creer, lo que allí, en el fondo vemos es la historia natural (por cierto tan o más apasionante que cualquier teodicea) que nos une al resto de los seres vivos desde el comienzo del mundo. Lo sorprendente es que este mismo Wilson que a mediados de los años setenta del pasado siglo obligó a volver la mirada al interior del propio cuerpo, aquel Wilson tan duramente fustigado por gigantes de la biología evolutiva como Lewontin o Stephen Jay Gould, aquella bestia negra de los defensores de la tabula rasa, enemigo público número uno de aquellos humanistas que consideraban al hombre como la medida de todas las cosas, es también el que ahora, más de cuarenta años después, hace una llamada urgente a una reconciliación entre las humanidades y las ciencias dentro de lo que llama una 'tercera ilustración'. El caso de E.O.Wilson es un buen ejemplo de que uno de los regalos de envejecer es la oportunidad de cambiar de opinión, o al menos, de precisarla. ¿Y no es esta capacidad de cambiar de opinión la mayor muestra de creatividad de la mente humana?

Wilson muestra su preocupación por el fracaso actual de las humanidades para explicar la naturaleza humana y su alarma ante unas ciencias que desprovistas de cualquier 'telos' podrían llevar a la humanidad a un camino sin retorno. Y son estas las razones por las que el viejo Wilson propone, si no la integración sí al menos el acercamiento, entre las disciplinas científicas y las humanidades como el mejor instrumento para construir una sociedad capaz de hacer frente a los enormes retos del futuro. ¿Y no es esto lo que desde hace años viene proponiendo la Academia Malagueña de Ciencias (AMC)? Naturalistas, químicos, físicos, matemáticos, astrónomos pero también arquitectos, médicos, historiadores, periodistas, sociólogos, juristas y espero que en el futuro inmediato también filósofos, conviven en el seno de la Academia desde su fundación. La ciencia es parte de la cultura, la ciencia es cultura, es el lema de la AMC desde al menos los comienzos del siglo XXI. La ciencia no es, no puede ser, solo, el abrevadero de una tecnología insaciable. La ciencia necesita de unas humanidades que sean capaces de hacerse las mismas preguntas que se hace la ciencia y llevarlas más allá, como corresponde a su histórica vocación trascendente. Necesitamos de la historia para conocer el pasado y la historia es un continuo de la prehistoria y está de la protohistoria de la que hoy nos da cuenta la paleontología y la biología evolutiva, pero también la lingüística, la paleo-arqueología o la psicología evolutiva. Las humanidades tienen que volver la mirada al pasado y acompañar a los científicos en ese viaje apasionante por el mundo natural y los científicos tienen que ayudar a las humanidades a descubrir, por ejemplo, las bases naturales de la creatividad, esa propiedad tan humana, que es por donde hemos comenzado esta columna. Lo que se necesita, en fin, son una disciplinas científicas que deberán ser cada vez más humanistas y unas humanidades que deberían ser cada vez más científicas. ¿Y no es todo esto un proyecto apasionante en un mundo que necesita ser pensado? Pensar el mundo y al mismo tiempo vivir en él. Casi nada. Un gran proyecto para los nuevos y jóvenes héroes del siglo XXI que, como en esos dibujos animados japoneses que han educado su infancia, tienen la obligación y la tarea de liberar al mundo de sus propios demonios familiares. Menuda tarea para el nuevo año. ¿Menuda? Más bien una tarea heroica.