El tenor acosado

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Carlos Miranda me recomienda «la última de Tarantino», dice, como si fuésemos, y en realidad somos, objetos pasivos de las obsesiones cinematográficas del director estadounidense: sangre, polvos y agua. Sigo la recomendación de Miranda y acudo a ver 'Érase una vez en Hollywood', y la verdad, es una buena película que araña el suelo fétido del 'stars system' hace ya cincuenta años, esto es, en 1969, año en que Faye Dunaway y Jack Nicholson no sabían si eran estrellas del Olimpo o simplemente actores con buena suerte. Por cierto, en el filme de Tarantino, y acompañando a los protagonistas -Brad Pitt y Leo di Caprio a punto de nieve- se realiza un activo homenaje a una bellísima actriz que no tuvo suerte, la entonces compañera de Roman Polansky, Sharon Tate, brutalmente asesinada, en agosto de ese maldito año lunar, por esbirros de Charles Manson, un criminal disfrazado de gurú, que la cosieron a puñaladas embarazada de nueve meses. Eso fue en el 69, el año que Tarantino enaltece en un filme tan intelectual como violento; pero estos cruentos desfases se llevaban produciendo mucho antes en Hollywood-Babilonia. Hay dos fechas fatídicas: a principios de septiembre de 1921, el orondo y entonces popular cómico del cine mudo Fatty Arburkle fue hundido a conciencia por el empresario de prensa Randolph Hearst debido a la muerte, en extrañas circunstancias, de una «adolescente de cerca de treinta años» llamada Virgina Rappe, que se encontraba en una fiesta que Burkle celebraba en la Major Suite del St Francis Hotel de San Francisco. Hearst organizó dos campañas de prensa en los EE UU mancillando el nombre de Burkle que aún siendo absuelto por falta de pruebas le ocasionaron la muerte por fallo cardíaco. Buster Keaton dijo que no le había sorprendido la muerte de su amigo, porque «le habían roto el corazón mucho antes»; otra fecha fatídica que alimentó el escándalo sexual entre Beverly-Hill y Sunset Boulevard fue el asesinato, la noche del 4 de abril de 1958, de John Stompanatto, el infante de marina y gigoló de Lana Turner: se culpó del asunto a Cheryl Lane, hija de Lana, pero la sospecha de que, en realidad, la homicida había sido la actriz, la acompañó el resto de su existencia.

Estas semanas el movimiento 'Me Too' incluye en sus acusaciones a la primera figura del 'bel canto' Plácido Domingo, pero ninguna de las nueve denunciantes ha verificado con pruebas legales fehacientes la actitud de acoso sexual al que, aseguran, las sometió, incluso una antigua becaria sólo mantiene que la actitud del divo dejaba mucho que desear. Me pregunto si esa afirmación tiene valor acusatorio. Convendrán conmigo que si bien el 'efecto Weinstein', propiciado por el 'Me too', en bastantes casos ha servido para destapar, de California a Pekín, conductas sexuales inapropiadas, en la inculpación contra Plácido Domingo, todo aparece desteñido y ambiguo, y el acosador, hasta ahora, es el único acosado.