La Suecia abierta resiste, ¿pero cuánto tiempo?

No hay país europeo inmune a la fractura que desplaza viejas lealtades ideológicas, erosiona partidos por muy estables que sean y va separando a populistas de demócratas liberales

La Suecia abierta resiste, ¿pero cuánto tiempo?
IGNACIO MOLINAProfesor de Ciencia Política de la Autónoma de Madrid y analista de Agenda Pública

Las elecciones generales en Suecia han proporcionado una victoria por la mínima a la actual coalición 'rojiverde' (40,6% del voto) frente a la Alianza de centro-derecha (40,3%). Apenas tres décimas de diferencia y solo un escaño de ventaja (144 frente a 143). La formación del futuro Gobierno será muy complicada, con los dos bloques casi empatados y a más de 30 diputados de la mayoría absoluta del monocameral Riksdag.

La política sueca nos deja dos certezas que conviene resaltar. La primera es que ocho de cada diez de quienes se acercaron a las urnas optaron por partidos que no impugnan los grandes consensos del país nórdico: Estado del Bienestar ambicioso y apuesta matizada por la UE y la globalización. La segunda es que el populismo eurófobo y anti-inmigración de los llamados Demócratas suecos subió hasta el 17,6% (4,5 puntos y 13 escaños más que en 2014, cuando ya fueron la tercera formación política).

La Suecia progresista y abierta, país en el que la socialdemocracia ha ganado las más de 30 elecciones celebradas en el último siglo y ha gobernado 70 de 100 años, resiste. Pero, al mismo tiempo, no hay duda de que esa nueva división sociopolítica que recorre Europa separando a los nacionalistas (de cuello blanco o azul) y los más cosmopolitas sigue ganando terreno. Quizás con menos fuerza e influencia que en Reino Unido o en el centro del continente (Suiza, Austria, Italia, Hungría o Polonia) donde las fuerzas reaccionarias controlan en estos momentos la agenda, pero con potencial para seguir creciendo; y como pasa en tantos otros casos (Francia, Alemania, Países Bajos y casi todo el Este), con capacidad para erosionar y condicionar los programas de gobierno desde la oposición.

Suecia confirma que se equipara a sus tres vecinos escandinavos y solo está por ver si sus fuerzas conservadoras imitan a las de Dinamarca, Finlandia y Noruega rompiendo el cordón sanitario que hacía a los ultras inelegibles como socios. En esos tres casos, hoy gobiernan coaliciones de derecha que dependen de los populistas. Si también se diera ese paso en Estocolmo, Stefan Löfven no repetiría como primer ministro de una coalición de centro-izquierda. Sin embargo, no es previsible que ocurra porque los partidos menos derechistas de la oposición (Liberales y Centro) aún rechazan de plano esa hipótesis, no siendo descartable que alguno pudiera incluso romper la Alianza burguesa y pactar con los socialdemócratas si al líder del partido moderado Ulf Kristersson se le ocurriese juguetear con ella. A día de hoy, incluso una insólita gran coalición de las dos primeras fuerzas parece más probable.

Más allá de la coyuntura postelectoral, el domingo sueco nos deja dos grandes objetos de atención estructural. El primero tiene que ver con la capacidad del socialismo europeo para sobrevivir en el panorama contemporáneo. El Gobierno del poco carismático aunque inteligente Löfven es hoy el único de color rojo en la Europa occidental por encima de los Pirineos. En Suecia la identificación de los votantes con el eje de competencia clásica izquierda-derecha es todavía muy elevada y, aun así, su declive temporal es evidente. Pese a esta nueva victoria socialdemócrata y la probable repetición de un Gobierno multipartidista bajo su dirección, el viejo partido de Olof Palme ha cosechado el peor resultado de su historia desde 1908. Tras su edad de oro en la segunda mitad del siglo XX ha ido cediendo terreno a favor de los Verdes y los excomunistas del partido de la Izquierda, pero ahora se enfrenta, además, a la cruda realidad de perder muchos votantes de clase obrera hacia el populismo nacionalista xenófobo. Nada que por otro lado no ocurra en el espacio progresista de los demás países europeos.

La segunda dimensión trascendental de estas elecciones tiene que ver, por supuesto, con el resultado agridulce obtenido por los Demócratas suecos; por debajo de sus expectativas de victoria pero poniendo de manifiesto, una vez más, que no hay país europeo inmune a la fractura que poco a poco desplaza viejas lealtades ideológicas, erosiona sistemas de partidos por muy estables que sean y va separando a populistas de demócratas liberales. Casi toda la atención politológica y periodística exterior a estas elecciones –sin duda influida por el 'brexit', Trump y el auge de fuerzas radicales en gran parte de la UE– se ha centrado en cuál sería el desempeño de este partido anti-establishment. Aunque se ha llegado a exagerar su auténtica importancia, el interés estaba justificado por ser la primera vez que se votaba tras la crisis de refugiados de 2015 y porque el antiguo partido nazi había sido capaz de mutar en una formación menos extremista y más sofisticada (hoy forma parte del mismo grupo que los conservadores británicos en el Parlamento Europeo), aprovechando los problemas objetivos y miedos subjetivos –sobre todo entre la población masculina sueca– vinculados a la llegada masiva de extranjeros hace tres años. Independientemente de que se elija la explicación del rechazo cultural a un país multicultural o su tesis alternativa de que son sobre todo los perdedores económicos quienes apoyan a los populistas, es evidente que aquí reside el gran desafío futuro de la política sueca. Y con ella, el de toda Europa.

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