La subordinación a la productividad

A pesar del desdén con el que podamos considerar la productividad, históricamente ha desempeñado un papel clave en el progreso de la humanidad

JOSÉ M. DOMÍNGUEZ MARTÍNEZCATEDRÁTICO DE HACIENDA PÚBLICA DE LA UNIVERSIDAD DE MÁLAGA

Hay términos de uso frecuente en el lenguaje económico que no suelen granjear demasiadas simpatías. La simple mención de algunos de estos vocablos activa prevenciones y alertas: escasez, elección, restricción, coste, sostenibilidad, equilibrio... Entre estos ocupa un lugar destacado el de productividad, una noción con connotaciones materialistas, la antítesis de la poesía. Pero a pesar del desdén con el que podamos considerar la productividad, históricamente ha desempeñado un papel clave en el progreso de la humanidad. Por eso conviene conocer su significado y sus acepciones, y apreciar cuál ha sido su tendencia en los últimos años. Un reciente informe de la OCDE ('OECD Compendium of Productivity Indicators 2017') es de gran utilidad para tales propósitos.

Aunque se hable genéricamente de productividad, esta presenta varias dimensiones:

1. La productividad del trabajo representa la cantidad de producción obtenida por unidad de trabajo (hora trabajada o persona empleada). Es un concepto bastante simplista (de hecho, suele denominarse productividad aparente), ya que la relación entre la producción y el trabajo utilizado depende en gran medida de la presencia de otros factores, tales como el capital físico y los activos intangibles disponibles en el proceso de producción, así como de la eficiencia técnica y de los esquemas organizativos.

2. La productividad del capital muestra la mayor o menor eficiencia con la que el capital se utiliza para generar un producto. Suele medirse como la relación entre la producción y los servicios de capital empleados. Algunas otras precisiones también serían necesarias.

3. Aunque con los matices señalados, las dos nociones anteriores se centran por separado en el trabajo y en el capital. Los economistas añaden el concepto de productividad total de los factores (multifactorial) para tener en cuenta la eficiencia global con la que el trabajo y el capital se utilizan en el proceso de producción. Esta productividad se mide de manera residual, es decir, recoge la parte del crecimiento de la producción que no puede ser explicada por el crecimiento de los recursos de trabajo y de capital. Una interpretación extendida considera que capta el progreso tecnológico.

La productividad del trabajo es una dimensión clave de la actuación económica de un país y una palanca esencial de los cambios en el nivel de vida. Un aumento de la producción por hora de trabajo permite ampliar lo que se produce con el mismo número de horas, o producir lo mismo con menos horas, y reducir el coste de producción.

La OCDE pone de manifiesto cómo en 2015, ocho años después del inicio de la crisis financiera global, en numerosos países, el PIB per cápita estaba todavía en niveles equivalentes o incluso inferiores a los existentes en 2007. La preocupación por la instalación en una larga etapa de bajo crecimiento económico, claramente insuficiente para hacer frente a los retos sociales actuales, es patente.

A efectos de analizar la evolución del PIB per cápita de un país es útil diferenciar sus determinantes. Por definición, podemos expresar la producción total (PIB) por habitante como el número de horas trabajadas por habitante multiplicado por el producto obtenido por hora trabajada: PIB/población total= (número de horas trabajadas/población) x (PIB /número de horas trabajadas). En definitiva, el PIB por habitante viene explicado por el trabajo efectivo y la productividad.

¿Cómo han evolucionado esas tres variables básicas en España a lo largo de los últimos veinte años? El gráfico representativo es sumamente ilustrativo y permite ahorrar palabras. En su ausencia, hemos de decir que, aunque se observan varias fases, lo más llamativo es la abrupta caída de las tasas de variación del PIB per cápita y del indicador del empleo a partir de 2008, no por conocidas menos impactantes dentro de una perspectiva temporal amplia.

Hay otro rasgo, que suele pasar más desapercibido, la apreciable recuperación de la productividad durante la etapa de crisis económica. Esa evolución ha actuado como contrapeso del descenso, durante seis años consecutivos, del trabajo utilizado. La caída del PIB per cápita durante esos años habría sido aún más intensa de no haber mediado el factor compensatorio de la productividad.

De una visión del conjunto del período 1995-2016 se desprende lo siguiente:

a) El PIB per cápita crece sostenidamente desde 1995 a 2007, con un ritmo muy intenso en los años finales del siglo XX. Posteriormente disminuye entre 2008 y 2013, especialmente en 2009 y 2012, para recuperar el tono positivo en 2014.

b) La evolución de la utilización del trabajo, medida por el número de horas trabajadas por habitante, es mimética a la anterior. Las dos curvas son casi coincidentes en la mayoría del período, pero hay una brecha notable en los años de crisis gracias al comportamiento de la productividad.

La evolución de la productividad ha actuado así en España como un amortiguador de la caída de la renta por habitante. No obstante, el panorama es menos confortador, si se tiene en cuenta que la productividad total de los factores, que algunos analistas consideran que es un mejor indicador de la verdadera productividad, ha tenido una trayectoria de disminución. Aparte de ese papel nada desdeñable, la productividad es un elemento crucial para el crecimiento económico a largo plazo. Los organismos económicos internacionales apuntan dos vías para aumentarla: de un lado, la utilización de una mayor cantidad de capital por unidad de trabajo; de otro, la mejora de la eficiencia en el uso conjunto del capital y del trabajo. Evidentemente, el anterior mensaje solo puede tener coherencia si la acepción de capital no se limita al capital físico, sino que incluye también otras formas de capital y, entre estas, la del capital humano. Es, desde luego, bastante más grato, y mucho más fácil, hablar de distribuir y de redistribuir, pero no podemos olvidar que antes hay que tener certeza de la cantidad disponible para esas tareas necesarias. En el mundo real sigue habiendo restricciones y, para desplazarlas hacia fuera, no queda más remedio que hablar de utilización de los recursos humanos y de productividad. Un mismo objetivo admite distintos caminos a partir de ambos resortes.