La sonrisa de un niño

No todo el mundo puede pertenecer a AVOI, son unos voluntarios especiales, únicos

José Miguel Aguilar
JOSÉ MIGUEL AGUILAR

Hay personas desprendidas, individuos generosos y luego están los voluntarios, aquellos que dedican gran parte de su vida a ayudar a los demás, a compartir con los que más lo necesitan su tiempo, su humanidad, su infinita paciencia y su imperecedera bondad. Esta sociedad tan imperfecta y tan denostada, con vicios deleznables y con el egoísmo por bandera, puede presumir en ese aspecto de que puede que a veces le falte alma y comprensión, pero también que le sobra corazón, personificado en esas asociaciones cuya labor filantrópica se deja sentir en los colectivos más desfavorecidos, en los que requieren más atención y en los que precisan una mayor dosis de cuidado o esmero.

Y entre esa legión de voluntarios incansables en su decidida apuesta por erigirse en adalides en erradicar la desigualdad o la tristeza merecen más reconocimiento los que tienen a los niños como prioridad, porque el cariño a esa edad se recibe de forma diferente y, además, se queda para toda la vida. Y acotando el terreno de seres tan magnánimos nos ciega la pasión aquellos que despiertan una sonrisa infantil cuando la enfermedad ha sesgado su rutina habitual, ha jibarizado sus emociones y ha impactado en su capacidad emocional. Ahí entra entonces AVOI cuyo lema de hacer sonreír a los niños hospitalizados, especialmente a los oncológicos, y a sus familias, es sencillamente extraordinario.

Sobran las palabras para definir su labor, para compartir sus experiencias, para ayudarles a difundir unos valores que se rodean de todo tipo de elogios. Despertar la sonrisa de un niño alicaído debe tener tal recompensa que solo unos privilegiados pueden lograr el objetivo, porque somos muchos los que antes de entrar en el Materno nos hundiríamos con las historias tan desgarradoras que encierran sus paredes. Hay que servir para llegar hasta ahí, por eso son tan especiales las personas que integran la Asociación de Voluntarios de Oncología Infantil de Málaga.

Lo demuestran cada día, incluso en la feria, en la caseta que ilumina todo el Real por las actuaciones que organizan (este año han dado un paso más y gracias a la colaboración del chef Sergio Garrido han pensado en las personas celiacas y han incluido en la carta una alimentación especial para este colectivo intolerante al gluten). Recomiendo su visita porque puedes terminar llorando, pero de felicidad. La otra noche las lágrimas arribaron a mis ojos envueltos en la emoción del momento cuando decenas de voluntarios dejaron sus menesteres tras la barra y se dedicaron a amenizar a los presentes con sus bailes infantiles, su sonrisa perenne y su mirada limpia e infinita. ¡Cuánta pasión ponían! ¡Cuánta verdad desprendían! Enhorabuena. Sois únicos. Los niños os lo agradecerán eternamente. Y es verdad que hay muchas asociaciones que en feria trabajan para que los demás se diviertan, y que hacen una labor encomiable digna de todos los parabienes, pero no me negarán que la sonrisa de un niño no tiene precio.