Solo se asusta él

FRANCISCO APAOLAZA

Los trajes estrella de la noche de muertos fueron el de Franco insepulto, el de topillo de la policía en Génova y el de fantasma de Villarejo entre los cascotes de las obras de la última planta del PP. Villarejo transita por el arco parlamentario en una elipsis de sí mismo. En sus conversaciones todo es ese y el otro y tal y tú sabes, y se aparece como el habitante molesto de un sueño confuso y pegajoso cuya geografía de 'trabajos puntuales' siempre termina por referirse al mal, a lo sucio y al pecado. El puticlub pop-up de Villarejo se instaló en 2009 en el despacho de Cospedal y es como si la hubiera visitado la parca política. Y lo que te rondaré, morena. En el partido optan por buscar una salida discreta para Cospedal y hay quien cree que lo más lógico sería que saliera por el garaje en un coche con lunas tintadas.

A España, así en general, la persigue Franco-calavera con su uniforme de jirones y el clinclán de huesos bajo el palio de tela de araña del pasado, que es algo que siempre te alcanza, pues vivir es caminar hacia el ayer. En su estrategia emocional, Sánchez despertó al pequeño dictador y no encuentra el conjuro para calmarlo, que es lo que sucede en las películas de momias. Cincela perfectamente el sanchismo esta maniobra en la que se toma un problema que no existe, se diseña una mala solución, se rectifica mucho, se termina por hacer lo contrario de lo que se pretendía y en toda esta excursión al absurdo se crea un problema mayor. Calvo dijo que había llegado a un acuerdo con el Vaticano y después recibió el santo zasca y ahora implora la Ley de Memoria Histórica que, así generosamente interpretada, no permite el enterramiento público de un dictador. Digo yo que haber empezado por ahí. Ahora buscan a Franco una tumba vacía, algo fácil en la España vacía. Ojalá Franco en una cumbre en Soria, en un pueblo abandonado al silencio de Castilla, en una biblioteca o en un gimnasio callejero de esos que mandó hacer Zapatero cuando lo del PlanE y a los que no va nadie. Mientras le encuentran acomodo, cuando Madrid duerme, la canina de Paquito vaga por los intestinos de la ciudad. Arrastra los pies. Espía desde la calle a través de las ventanas. Tirita de frío. Se cruza con gente. Todo son antihéroes y tipos en patinete. Solo se asusta él.

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