El otro Soho

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

La calle es una cicatriz en mitad de ese maquillaje con el que se anda vistiendo Málaga. Es un tejido vivo y sangrante. Lagunillas. Frontera entre la ciudad idílica y la ciudad herida. A unas cuantas decenas de pasos está la orilla donde rompe el turismo. Picasso, casa natal, plaza de la Merced. Unos cuantos metros más arriba, el territorio comanche de la Cruz Verde. En medio se encuentra esa tierra que, especulativamente, se quiso que fuera de nadie, pero que tiene unos dueños bien visibles y dispuestos a pelear por cada centímetro de su barrio y por cada brizna de dignidad, sus vecinos, sus hijos.

Para aquellos que acusan a los malagueños de estar enfermos de desidia y dejadez, el entorno de calle Lagunillas supone un ejemplo de combate cívico y reivindicación vecinal no solo de un espacio físico sino de una forma de entender la ciudad. Ahora, el fotógrafo Paco Negre nos da una visión interna de lo que es el otro soho malagueño y a través de sus imágenes recomponemos la historia última de ese barrio. Puede decirse que la transformación anímica de ese lugar empezó el día en que Miguel Chamorro, un pintor madrileño afincado en la zona, sacó a la calle un tablero en el que se puso a rematar uno de sus cuadros y unos cuantos niños se acercaron a curiosear. Era un tiempo en el que el barrio andaba acosado por varios frentes. Droga, paro, desidia institucional. Aquel tablero del pintor fue el salvavidas para varias generaciones de niños.

De aquel primer día y de las cuatro nociones pictóricas enunciadas sobre la marcha por Chamorro surgió un taller de pintura. Los niños empezaron a descubrir que existía una realidad diferente a la que les ofrecían la calle y sus propias familias, víctimas a su vez de los males endémicos que asolaban la zona. Miguel Chamorro habilitó un local y creó su taller. Pidió colaboración institucional, llegaron voluntarios. La voz se empezó a correr. Buscar a Miguel era la consigna. Las madres de los niños sirvieron de correa de transmisión de lo que allí se estaba gestando. Ellas llevaban a sus casas un aire nuevo. Porque si al principio la pintura fue el reclamo, después vendrían los cursos de apoyo escolar, los campamentos de verano. Y atraídos por la pintura y convocados por Miguel, llegaron los primeros grafiteros. Los niños también empezaron a pintar las paredes del barrio, primero para disimular los desconchones, luego emulando a los pintores venidos de fuera. La ciudad construida desde abajo hacia arriba. Lo que parecía destinado al abandono y a la especulación pura se fue transformando en un orgullo de barrio. Artistas de distintas disciplinas, activistas sociales que, como Curro López creador de un banco de alimentos que ayuda a cientos de familias, se rebelaron contra lo aparentemente inevitable y continúan manteniendo vivo el germen inaugurado por Miguel Chamorro, fallecido hace unos meses. Esa es la cicatriz, esa es la historia que nos cuenta Paco Negre con las fotografías que estos días expone.

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