El simulacro

FELIPE BENÍTEZ REYES

El PSOE no tiene reparo a la hora de publicitarse como un partido de izquierdas, pero tiene el problema de que le cuesta decidirse a gobernar como un partido de izquierdas. El problema del PP, por su parte, consiste en que tiene algún que otro reparo a la hora de reconocerse como un partido de derechas, aunque no tiene ningún pudor en activar políticas de derecha dura. La O de las siglas del primero evoca el prestigio mítico de las luchas sociales: el obrero sudoroso que lee, a la luz de una lámpara de queroseno, ensayos sesudos que analizan la opresión a que está sometida la clase obrera. (Sí.) La segunda P de las siglas del segundo no digamos: «Popular». Del pueblo. De su entraña misma. El partido cuyos dirigentes se desviven por la bonanza no ya sólo del vulgo popular -por usar una acuñación de Lola Flores-, sino incluso de los parias de la tierra, como quien dice. (Sí.)

Sospecha uno, no sé, que tanto el 'obrero' del uno como lo 'popular' del otro son entelequias retóricas que sugieren imágenes épicas de un proletariado que acude en masa, entre himnos exaltadores y con paso heroico, hacia las urnas, ya sea para votar a Sánchez, el amigo del obrero, o a Casado, el benefactor del pueblo. (Sí.) Fantasías, en suma, que evocan revoluciones y redenciones sociales, capitaneadas en este caso por señoras y señores de la calle Ferraz o de la calle Génova, esos dos laboratorios en los que se llevan a cabo investigaciones sociológicas para que los obreros populares -valga la redundancia... aunque quizá no lo sea tanto- lleguemos cuanto antes al futuro y, a corto plazo, para que algunos de sus jerarcas lleguen cuanto antes a un escaño en el parlamento.

En abril, los del vulgo popular votamos para elegir un nuevo Gobierno. Estamos en septiembre y seguimos teniendo no tanto un Gobierno en funciones como un Gobierno de simulaciones. Sánchez ha salido airoso de varias aventuras temerarias, pero corre el riesgo de que esa fortuna le haga sentirse invulnerable, como les ocurre en los casinos a los jugadores de blackjack que están en racha... hasta que les cambian el crupier y la fortuna se convierte en ruina en un abrir y cerrar de ojos. Sánchez pretende que el PSOE forme Gobierno en solitario, con el apoyo desinteresado de Unidas Podemos y con el desdén pasivo del PP y de Ciudadanos. (Sí.) Igual le sale bien el truco de magia, porque en este clima político de disparates ya nada nos sorprendería, pero me permito dudarlo. Vale que a Sánchez le resulte incómodo gobernar en coalición con la otra izquierda, una vez desbaratado su viejo sueño de entenderse con Ciudadanos, pero podría disimular un poco. Aunque, bien pensado, no ha hecho otra cosa en todos estos meses: disimular la simulación, en fin, de un simulacro.