Silencio, se juega

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Tengo constancia de haber conocido a dos ludópatas que lo eran sin lugar a dudas. He debido coincidir con muchos más, pero no controlo el vicio de cada uno. El primero me pegó el zasca más grande de mi vida. Ocurrió en el casino de Marbella, en la despedida de soltero de un amigo, y en la mesa donde estábamos jugando a la ruleta había un señor al que le iba bien la noche. Con el cachondeo y las copas (que eran gratis, o que no recuerdo haber pagado) se me ocurrió darle la enhorabuena. Aquel hombre bajito me miró a los ojos con los suyos vidriosos de humo y noche, y me espetó: «Chaval, tú no sabes la cantidad de dinero que yo he perdido aquí». En buena parte gracias a aquella 'guantá' sin manos, desde entonces he jugado dos veces: la primera, y la última.

El segundo lo era de barrio, y simboliza la viva imagen del fracaso. Era un pobre diablo de mediana edad, que por el día se dedicaba a labores de comercial de telefonía. Al terminar, se iba al bar y se gastaba lo que la familia no tenía para comer en cerveza y una tragaperras, que se había convertido en una novia caprichosa, de ésas para las que nunca es suficiente. La cumbre del patetismo era ver llegar a sus hijos a recoger los despojos y arrancarlo literalmente de la dichosa máquina, para llevarlo camino de la cama. Más que a dormir iba a removerse, atormentado por las desdichas.

Les cuento esto porque últimamente estoy recibiendo mensajes de vecinos alarmados de varias zonas populares de la capital. Estos ciudadanos alertan de la proliferación de sitios de apuestas deportivas y juegos, a los que cada vez acuden más jóvenes a pasar las horas muertas; soñando con hacerse millonarios en un golpe de suerte, mientras esperan a que les llamen para un trabajo que no llega, o más bien, que no llega ni para pagar la gasolina de la moto. Los agravios comparativos son aún peores que las comparaciones, que siempre son odiosas. Tantas normas y tanto dinero invertido en luchar contra otros vicios, como el tabaco, el consumo excesivo de alcohol y el resto de drogas; y todavía no he escuchado una palabra por parte de las administraciones para advertir sobre el crecimiento de los casos de ludopatía. No estaría mal saber qué piensan de estos negocios, y de los que proliferan sin control en Internet, las asociaciones de jugadores de azar rehabilitados y las que se dedican a desenganchar a un número creciente de jóvenes que han caído en el pozo.

El juego también arruina y destroza familias, pero no preocupa porque lo hace con la complicidad del silencio, sin el ruido de los botellones ni las graves secuelas físicas y sociales de otras adicciones. Por eso, y por el montón de dinero que deja en impuestos. ¿Qué se apuestan?

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