Silencio, se aprende

Rafael Pérez Pallarés
RAFAEL PÉREZ PALLARÉS

¿Ha probado el lector a estar callado más de lo habitual? ¿Ha observado lo que ocurre a su alrededor cuando la boca permanece cerrada? Si la vida le aburre o directamente le apetece hacer, como ahora se cuenta, una experiencia de inmersión en la sociedad, sugiero que hable menos durante una temporadita ¿una semana? Y observe lo que ocurre a su alrededor. Quien firma este artículo lo ha hecho; probablemente las conclusiones a la que llegásemos si pusiéramos en común las percepciones serían diferentes, enriquecedoras y complementarias. Resulta interesante comprobar cómo al reducir la interactividad con menos conversación, menos interrupciones en el diálogo o menos iniciativa a la hora de hablar; más observación, más atención o más escucha se aprende de lo que, al menos, ocurre en el entorno más cercano. Incluidas conversaciones de tren, cafeterías y colas de supermercados.

Sorprende en general y de entrada, el tono negativo de las conversaciones y ni merece la pena reproducir sus expresiones más castizas aliñadas de palabras mal sonantes; llama la atención el discurso centrado en el yo hasta el punto de que el mundo pareciera girar en torno solamente a quien habla; es interesante observar cómo se juzga a los demás sin contemplaciones, sin miramientos, sin tener en cuenta circunstancias. Cuando uno calla el mundo habla. ¡Y qué interesante es lo que dice! Sobre todo si tenemos en cuenta que el lenguaje configura no solo nuestras relaciones, nuestra mirada al mundo sino también nuestro organismo; nuestra mene no sabe diferenciar lo que es real de lo que es imaginario.

De hecho, cada vez que modificamos el estado mental, se produce un cambio en el organismo tanto molecular como celular y genético. Y esto, siendo una evidencia científica, además es determinante porque al construir en parte la realidad que vivimos desde un discurso negativo nos sumergimos en una experiencia vital oscura, sucia o turbia con sus dramáticas consecuencias: personas tristes, amargadas, deprimidas; gente sin tono vital, pesimistas, agotadas de vivir. Recuperemos el discurso, como mínimo, equilibrado: las cosas no están tan mal como algunos las pintan; salgamos a la calle y veamos la vida con una mirada limpia a la salud de los chismosos y valoremos lo que de bueno haya a nuestro alrededor; guardemos silencio cuando no podamos hablar bien y aprendamos de la vida que palpita a nuestro alrededor, especialmente en los más débiles que se superan cada día.