Sierra de las Nieves

Mi sierra ha sabido guardarse de la voracidad del Hombre y dejar para el propio Hombre el oxígeno puro

JESÚS NIETO JURADO

U na cosa es la burocracia, que dice que a primeros de la primavera ya seremos Parque Nacional. Y otra es que ya lo seamos a todas luces. Era un sueño largamente acariciado por sus gentes y por sus visitantes. Por todos, que vemos que los valores paisajísticos y ecológicos llegan al top ten de lo verde.

De modo que, a falta del papeleo final, la Sierra de las Nieves ya es a casi todos los efectos el Parque Nacional que merece ser. Y hay dicha y felicidad en las buenas gentes de Yunquera, de Tolox, de Alozaina, de El Burgo, de Ronda y así.

Hay hasta más sonrisas en los domingueros y en los alpinistas de Fuengirola, que se llevan a los perros hasta lo alto del Torrecilla estos días de anticiclón.

Claro que para que el mundo se diera cuenta de este tesoro natural ha sido importante el trabajo de concienciación y de puesta en valor del pinsapo. A ello han contribuido las gentes del lugar, pero también esos fotógrafos aficionados que inmortalizaban para las redes ese atardecer por el Tajo de la Caína. Ese peñón de los Enamorados en las tardes de diciembre con sol y con permafrost. O un paisaje de los pinsapos blancos que invitan a la paz y a Escandinavia.

Mi sierra ha sabido guardarse de la voracidad del Hombre y dejar para el propio Hombre el oxígeno puro de las mañanas de invierno. Del mirador de Luis Ceballos al Pilar de Tolox no hay ni una bolsa ni un papel por el suelo: hasta la hierba o el hielo difuminan la huella de una 'chiruca' que pasó por delante de la mía.

Un parque nacional es la certificación en papel oficial de que teníamos razón quienes sabíamos que la aventura empezaba y acababa a 1.919 metros. Mi primera naturaleza -y la más íntima- saca la navaja en una roca al sol a 1.700, ve Gibraltar a Poniente y el Veleta a Levante. Y las grúas del puerto en lontananza y las montañas rojas de Estepona.

Pero la Sierra de las Nieves tiene también su calidad de rutinas íntimas: bocadillo en el Quini, la mochila con forros polares, latas de fabada, agua que sobra y una brújula que no usamos porque tenemos fijado en el colodrillo los pasos que nos han de llevar hacia arriba.

Y cuando el pinsapo dice que no quiere subir más, en un amplio relicario aparecen los quejigos con barras de hielo que le cuelgan como barbas invernales. Y siempre esa sensación de cobijo, pero también de aventura, que hay en la Sierra de las Nieves.

No podría dejar de felicitarme por esta inclusión anunciada. Por eso el mismo día de Nochebuena, si cae en anticiclón, andaré por las soledades cerranas para quemar prematuramente los turrones.

He de ir más de seguido a la sierra, pero últimamente me chulean los domingos y las fiestas de guardar. Pero volveré.