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ROSA BELMONTE

Abrí la puerta. Detrás entró un chico al que no había visto nunca. Guapo, alto, rubio, camiseta blanca, vaqueros, bolsa con ordenador. Me metí en el ascensor, pulsé el número del piso. Él no. Iría al mismo. A su casa o a descuartizarme. Esas cosas que siempre se piensan sin dar importancia a que se piensan. Sacó un chicle de menta y se lo metió en la boca. No sé, pensé, sería el primer violador que tiene esa deferencia. También pensé que cuando llegáramos al piso yo abriría mi puerta, él me empujaría y ya empezaría una de esas pesadillas que investigaría Olivia Benson. Y dudé qué haría de quedar viva. Si denunciaría el asunto o lo mataría. Emprendimiento. Llegamos al piso. Me frené. Por suerte iba en la parte de atrás del ascensor. Él salió, sacó una llave y abrió su puerta. Y yo después la mía. Otra vez que no había pasado nada. Otra vez que pensaba que podía haber pasado. Lo normal. He oído que hay mujeres sin estos malos pensamientos.

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