Sánchez, Iglesias y ahora Errejón

La hostilidad con la que se han relacionado hasta la fecha estos dirigentes no puede entenderse como un asunto doméstico entre las izquierdas

Las declaraciones de Pedro Sánchez, advirtiendo de que le hubiera quitado el sueño compartir gabinete con Unidas Podemos, y las de José Luis Ábalos, denunciando que la imposibilidad de conformar una mayoría de gobierno les ha robado el voto, reflejaron el jueves la combativa actitud con la que los dirigentes del PSOE se sacuden sus responsabilidades en el fiasco de una legislatura reducida a la batalla por el relato de su liquidación. De lo ocurrido y de su interpretación partidaria cabe deducir que desde el 28 de abril todo ha respondido a guiones preestablecidos por los máximos dirigentes de cada formación, que acabaron coincidiendo en su desenlace final. Esta es la sensación que se extiende en la opinión pública, y que interpela especialmente a Pedro Sánchez y a Pablo Iglesias, cuando socialistas y morados afrontan los comicios del 10-N ante la eventualidad de que Íñigo Errejón y su grupo reivindiquen su cuota de representación a la izquierda del centro. La manifiesta desconfianza y hostilidad mutua con la que se han relacionado hasta la fecha esos dirigentes y sus respectivas estructuras partidarias no puede entenderse como un asunto doméstico entre las izquierdas; puesto que junto a la decepción que puede generar entre sus votantes de ayer, acaba desestabilizando el sistema en su conjunto en nombre de estrategias tacticistas que no persiguen más que repartos ventajosos de una masa electoral finita. En un panorama dividido en dos bloques, los integrantes de cada uno de ellos tienden a ver nuevas oportunidades en las rencillas que afloran en el de enfrente. Así es como los cálculos electorales y de poder partidario se imponen sobre las necesidades comunes a los ciudadanos. La perspectiva de obtener una posición más prevalente en las siguientes elecciones o en las siguientes hace que las formaciones parlamentarias rehúyan el acuerdo inmediato. Se trata de un fenómeno tan contagioso que trasciende los campos ideológicos a izquierda y derecha hasta generalizarse en una parálisis institucional o, cuando menos, en la deliberada esterilización de cada legislatura o mandato. Las izquierdas presumen de superioridad moral en tanto que se arrogan la genuinidad en pos de la justicia y la igualdad. Pero esa superioridad queda en entredicho cuando la contienda partidaria en ese campo ideológico acapara todas sus energías, aunque se consuman para mejorar «la vida de la gente» en palabras de Unidas Podemos, o se empleen para proceder a incursiones periódicas por parte del PSOE en el centro sociológico. Las izquierdas tienen un problema que afecta al conjunto del país; una endogamia que se vuelve cómplice de los sectarismos que anidan también en las derechas.