Romero Esteo

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Romero Esteo era una voz. Una voz ronca, destemplada, siempre jugando en el borde de la transgresión, como hacen los escritores que quieren romper el cielo y los seres humanos que no entienden de otra cosa más que de libertad. Andaluz de Córdoba, malagueño adoptivo y adoptado. Miguel Romero Esteo era una voz que al verte en la calle gritaba tu nombre como si estuviera avistando tierra. Sacudía no ya lo políticamente correcto sino los convencionalismos, las pajaritas, los corsés, el disimulo y el estraperlo de las verdades. Por derecho y al bollo, podría haber dicho. Fundir el lenguaje de la calle y el culto. Fabricar un idioma propio fue su oficio mal pagado.

En Madrid, en Barcelona, críticos avezados y otros de la vieja guardia te decían: «¡En Málaga tenéis a Romero Esteo!», como quien habla de un tesoro oculto, de un recurso natural por explotar. Rafael Conte, durante un tiempo oráculo de la crítica literaria nacional, tenía su trinidad teatral siempre a flor de piel y pluma. Fernando Arrabal, Miguel Romero Esteo y Francisco Nieva. El orden del pódium podía variar, pero nunca estaban ausente de él ninguno de los tres. Romero Esteo asociaba todo ese medallero con referencias a órganos genitales o a flautas del parnaso, depende de cómo ese día tuviera afilado el verbo y el trueno. Lo suyo era la vanguardia y lo imposible. Obras teatrales que habrían necesitado tanta pasión para ser representadas como la que él había tenido al escribirlas. Y eso, ya sabemos, es imposible. Pero el reto era permanente, la apuesta no bajaba de intensidad. Parecía llevar el lema de ese otro monstruo literario, Samuel Beckett, tatuado en la frente. «Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor».

Ese borde resbaladizo que, dependiendo de hacia qué lado caiga uno, conduce al éxito o al fracaso, ese capricho ajeno a la verdad, a la voz que escribe y se compromete hasta las trancas consigo mismo, con esa verdad insobornable del artista que no está en venta. Romero Esteo siempre fracasó mejor. Es decir, nunca dejó de triunfar. Triunfó por mucho que se le escatimaran méritos y por mucho que algunos de los honores recibidos se apagaran tan rápidamente como fuegos artificiales en la noche. Una luminaria que no hace sino subrayar la oscuridad del cielo. No sé si como dijo en estas mismas páginas Txema Martín, tenemos en esta tierra afición por lo póstumo y a partir de ahora se le rendirán tributos, a destiempo. Los últimos años fueron duros. La voz titubeaba y el trueno parecía humano. En el último encuentro callejero que tuvimos no me reconoció. Cuando le dije mi nombre, me miró a los ojos y solo dijo, «Qué viejo». Él, yo, o la propia vida. Qué viejos y cuánto despojo, cuánto desperdicio a nuestro alrededor. Sí, hasta hace dos días teníamos aquí a Romero Esteo. Ahora queda su eco. Su obra. Andalucía es hoy un coro de voces mientras que sobre la de Romero Esteo cae el silencio. Ojalá no lo haga la desidia. Ojalá le paguen los atrasos.

 

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