El extranjero

Nos roban

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Salvador Seguí, más conocido como el Noi del Sucre, sindicalista del ramo anarquista, reconvenía de vez en cuando a sus amigos Françesc Layret y Lluís Companys sobre lo que él consideraba el obtuso espíritu nacionalista de ambos. Layret fue el mentor de Companys, y Companys, como saben, uno de los fundadores de Esquerra Republicana. Lo que Seguí argumentaba, allá en los primeros años veinte del siglo pasado, era que las presiones nacionalistas e incluso independentistas de la Lliga Regionalista (antecesora de Convergència) y de otras fuerzas catalanistas acababan por traducirse en un chantaje mediante el cual Cataluña salía beneficiada en detrimento de otras zonas del Estado, ya fuese por medio de concesiones fiscales o industriales o, lo que es lo mismo, mediante el nombramiento de ministros catalanistas. El Noi del Sucre apelaba al izquierdismo de sus dos amigos para que se sintieran más solidarios con los obreros y campesinos andaluces, gallegos o italianos que con los miembros de la burguesía catalana y sus intereses, algo que para él significaba una auténtica aberración política.

Un siglo después continuamos a vueltas con el mismo asunto. Bajo el lema España ens roba, se ha urdido una cadena de despropósitos y agravios comparativos que finalmente pueden acabar en un inmenso chantaje a modo de reforma constitucional y de privilegiada financiación autonómica. Desde Andalucía se ha lanzado la voz de alerta. Susana Díaz insta a Mariano Rajoy a que presente la prometida propuesta del nuevo modelo de financiación. Desde su partido han dejado claro que lo primero es Andalucía y que son conscientes de que la presión que se va a ejercer en este campo causará tensiones territoriales. Entre otras cosas porque es de prever que para el presidente extremeño lo primero será Extremadura, para el murciano, Murcia, y así diecisiete veces.

Un más que respetable historiador comentaba hace unos días en una conversación privada lo extraño que le resultaba que en medio de esta marea de banderas no colgara en los balcones ninguna enseña andaluza. Por suerte, le contesté. El panorama de banderas gallegas, asturianas, riojanas o valencianas ondeando en las viviendas de sus respectivas comunidades nos darían idea de que esos bloques de pisos son fortalezas, bastiones desde los que se defienden unas señas identitarias que bajo su alfombra lo que realmente esconden -además de bulos e interpretaciones históricas amañadas según el gusto del consumidor- es un montón de basura insolidaria. De modo que de aquí a no demasiado tiempo nos podemos ver sometidos a una pugna muy poco deseable en la que la afrenta catalana se exporte en diferentes dosis y medidas al resto de las comunidades autónomas. Cupo o cuponazo vasco, soniquete catalán con el fallido pacto fiscal de Artur Mas como emblema del latrocinio centralista, lloro de los desamparados. Todo puede ser utilizado como palanca para producir movimientos que no tengan en el horizonte unos principios básicos de suficiencia e igualdad sino la rapiña de un fantasmagórico enemigo que además de quedarse con nuestro dinero nos sisa en nuestras intocables e inmaculadas señas identitarias. Y la cordura.

 

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