Retorno a Ortega

ANTONIO PAPELL

Sería una torpeza la nostalgia: no tiene utilidad alguna añorar a los estadistas que nos han entregado la Europa que tenemos, desde Adenauer a Schmidt o Kohl, desde De Gaulle a Mitterrand o a Chirac, figuras como Willy Brandt, Felipe González, Margaret Thatcher... Pero lo cierto es que se ha producido una regresión muy notable. Basta mirar a nuestro alrededor, contemplar la actualidad en -por ejemplo- Reino Unido, Alemania o Italia para advertir la mediocridad en los líderes y la desolación en las instituciones.

Frenar la decadencia y conseguir que vayan a la política «los mejores», como quería Ortega, requiere un doble ejercicio. En primer lugar, hay que averiguar qué personalidades públicas queremos. Y Ortega, en su 'Mirabeau o el Político' de 1927, ya da unas claves claras de los atributos necesarios: visión política certera («el síntoma que distingue al político del vulgar [...] gobernante»); capacidad de unir intereses contrarios, y concepción del Estado como un instrumento al servicio de la nación. En su reflexión de Mirabeau como paradigma distingue entre las virtudes magnánimas -las que adornan al hombre de Estado- y las pusilánimes (honradez, veracidad, escrúpulos) que casi nunca acompañan a aquellas... Hay que ponerse en el contexto para entender aquella digresión, que hoy chirría pero que mantiene su sentido cabal.

En segundo lugar, hay que reflexionar sobre cómo conseguir que el hombre y la mujer brillantes y magnánimos vayan a la política. De entrada, hay que prestigiar el rol político, terminando la depuración en marcha ulterior a los años de insoportable corrupción y -tras guardar en el cajón la demagogia- establecer unos niveles salariales emparentados con los del sector privado. No puede ser que un ministro o un diputado haya de serlo renunciando al estatus social que le ha proporcionado su propia brillantez.

Asimismo, es necesario revisar los hábitos y las inercias de los viejos partidos, que en la mayoría de los países europeos siguen siendo burocracias controladas por la mediocridad de unos grupos que impiden la circulación de élites, cierran el paso a los más válidos que podrían arrebatar la preeminencia a los ya instalados, y se rodean de una piel impermeable que impide cualquier trasvase con el mundo de la universidad, de las organizaciones sociales, de la investigación y la ciencia, etcétera. La autoexigencia de la clase política ha de ser ingrediente indispensable para su afirmación futura, su liberación de los tópicos negativos que la lastran y el principio de la recuperación de la dignidad perdida.