Respeto

La civilización no llama a respetar lo brutal, sino a cargar moralmente contra ello

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Uno de los fenómenos sociológicos del procés es el del silencio. Un silencio interpuesto entre miembros de familias y amigos catalanes que evitan tratar el asunto por miedo al enfrentamiento y la separación. Es un silencio que los partidos de derecha explotan y estiran, tanto que a uno no le extrañaría que pronto dieran datos y porcentajes de familias y grupos de amigos divididos por la herida soberanista. El silencio ha sido sometido a una dura prueba en las reuniones navideñas. Y ya no solo afecta a Cataluña. Vox, efecto boomerang, se ha convertido en el resto del territorio nacional en un objeto de controversia capaz de amargar los polvorones a más de uno. A veces, cuentan, ha habido que recurrir a una súbita ley del silencio para que los niños de la casa no vieran dar puñetazos en la mesa ni adivinaran miradas asesinas entre sus papás y titos.

Xenofobia, machismo, neofascismo o sencillamente populismo son asuntos que caen en las reuniones supuestamente afectivas como tizones al rojo. Se rehúyen o son motivo de hostigamiento. Y no solo esos asuntos globales llevan a la reproducción simbólica de aquel viejo cuadro de Goya y los garrotes. En mitad del invierno se ha abierto no solo la veda cinegética sino la taurina. Pocos asuntos puede haber tan irreconciliables como los argumentos de los taurinos y los de sus adversarios. Algo que los cruzados de Vox han puesto sobre la mesa como un elemento más de su amor a las tradiciones, que es como ellos llaman a la caspa, a lo rancio o sencillamente a lo retrógrado.

Vox echa buen pasto a los medios de comunicación y también a los hogares nacionales. En estos, los defensores de la fiesta taurina quieren hacer gala de un elevado grado de civilización cuando piden respeto por sus gustos del mismo modo que ellos dicen respetar a los antitaurinos. Decir eso es no entender nada. A alguien a quien, como a uno, los toros le parecen una aberración pedirle respeto por esa práctica es como pedirle que respete el esclavismo, la ablación o cualquier otra barbaridad. Escudarse en la tradición, es decir, en la práctica secular del fenómeno, no hace más que subrayar la duración del espanto y situarlo en épocas donde la falta de civilización hacía posible ese tipo de cosas y donde pocos podían pensar que el hecho de deleitarse con la tortura de un animal era un hecho moralmente repulsivo en sí mismo, con independencia de las florituras con que se practicase el rito. Así que no, no se puede pedir respeto. La civilización no llama a respetar lo brutal, sino a cargar moralmente contra ello, a socavarlo, a derribar esa puerta del mismo modo que a lo largo de la historia se han derribado otras de mucha más relevancia pero igualmente ancladas en la cerrazón o la crueldad. Esas que fomentaban el racismo, impedían el voto de la mujer o propiciaban la explotación laboral de los niños. Unas prácticas por las que ni cabía ni cabe pedir el más mínimo respeto.