Reinventando la sanidad pública andaluza

Hay mucho por cambiar, pero sobre todo hay que lograr eliminar de nuestro vocabulario la frase que todos tenemos tatuada de que «la sanidad pública está politizada». Es lo primero

Reinventando la sanidad pública andaluza
CÉSAR P. RAMÍREZ PLAZACirujano

La salud y la enfermedad son realidades y palabras que nunca deberían encontrar su rima en las complicadas estrofas de la política. Y, sin embargo, si hay algo que ha definido y dibujado el Sistema Sanitario Público Andaluz (SSPA) por medio del Servicio Andaluz de Salud (SAS) es una histórica y creciente politización que la hemos venido sufriendo un gran número de profesionales (otros muchos, al contrario, se han beneficiado de ella a lo grande) donde la meritocracia ha sido suplantada de forma progresiva y casi absoluta por la arbitrariedad en un sistema donde la igualdad de condiciones para los médicos ha estado de forma permanente en el alero.

La infiltración y ramificación tentacular de la filosofía clientelar administrativa de la Junta de Andalucía también ha tenido su eje estructurado en la sanidad, y ha sido tal que todos hemos llegado a asumir la normalidad de un sistema en el que en los exámenes de las Ofertas Públicas de Empleo se daba por hecho el pelotazo, las designaciones de los puestos de dirección obedecían al dedo del partido y los concursos oposición para provisión de cargos intermedios provocaban miradas de soslayo y de risa porque sólo faltaba que la convocatoria del BOJA terminara con 'and the winner is...'. Romper y deshacer de forma radical y desde arriba hasta abajo esta compleja y firme maraña debe ser, para los nuevos rectores sanitarios, el primer paso; y ojo, aquí no puede haber medias tintas ni concesiones.

Los directores y gerentes futuros del SSPA deben tener recorrido profesional de gestión, y no de política. Y los responsables de administrar el dinero y el capital humano de la sanidad pública en la práctica clínica deben ser designados por comités de selección imparciales y reales, fuera de enchufismos y amiguismos y centrados en una evaluación de méritos objetivos y reales, de modo que los mejores estén siempre presentes en el sistema público y los profesionales con capacidad encuentren un ambiente favorable para querer ser cada día mejores y creciendo juntos. Dar el valor intrínseco real a los profesionales y establecer criterios de diferenciación que los hagan huir de la marca blanca en base a parámetros de productividad y rendimiento objetivo y real es el único camino posible, pues no hay mayor injusticia en cualquier sistema que tratar a todo el mundo por igual.

El SSPA debe recuperar el valor de los profesionales y su talento como el máximo patrimonio disponible para poner al servicio de los pacientes. Los médicos andaluces no pueden ser los peor pagados de España y los ciudadanos andaluces no pueden ser los que menos inversión en salud 'per cápita' reciben de todo el territorio nacional. Y eso no precisa un aumento exagerado del gasto en salud, sino una redistribución del mismo asociado a la aplicación del concepto de desinversión. ¿Sabemos realmente cuántos miles de millones de euros ha tirado a la basura la Consejería de Salud en los últimos 40 años en la famosa 'administración paralela sanitaria' (empresas públicas, agencias, institutos, escuelas y fundaciones), a todas luces absolutamente inútil? ¿Somos conscientes de que la tecnología sanitaria, casi siempre muy costosa, no se está utilizando de forma estricta con las indicaciones que recoge hoy la medicina basada en la evidencia? Utilizar el dinero presupuestario destinado a salud para la salud de verdad va a permitir una mejor y más digna remuneración para los profesionales y además poder dedicar el dinero a quitar listas de espera y atender a los pacientes en la consulta y en el quirófano, que es lo que de verdad tiene impacto en el paciente.

Se trata, en definitiva, de usar mejor los recursos que hay a todos los niveles (económicos, físicos y de estructura administrativa) y eliminar y desechar lo que no sirve sino para mantener entes administrativos que cuestan dinero y no impactan de forma efectiva en salud para los pacientes. De igual modo, la relativización y deshumanización de la relación médico-paciente que se ha ido produciendo con la terminología inclusiva del 'usuario' o del 'cliente' como eje del sistema para poner siempre a los 'proveedores de la salud' en un papel secundario es algo que debe terminarse; los profesionales de la sanidad no somos nadie sin nuestros pacientes, pero tampoco podemos ser figuras de segundo orden para dar salida a un populismo que no debe tener sitio hoy día en una sanidad pública de personas que ayudan a personas.

Para terminar, se impone un nuevo tiempo también de liberalismo en la práctica de los profesionales de la sanidad, en el que se debe poner fin al sistema de médicos de primera y de segunda división en base al criterio absurdo de la exclusividad y a la ideología que la Junta de Andalucía ha ido poco a poco metiendo en nuestro cerebro de médicos 'buenos' (los que trabajan sólo en la medicina pública) y 'malos' (los que trabajan, además, en la sanidad privada). Andalucía sigue siendo, a fecha de hoy, uno de los pocos reductos autonómicos en los que se obliga a los médicos a renunciar al complemento de exclusividad (a modo de auténtico impuesto revolucionario) por ejercer su trabajo en la sanidad privada además de la pública y en la que se impide con un sectarismo recalcitrante desde los BOJAs el acceso a los cargos intermedios y de gestión de la sanidad pública de los médicos que trabajan en la sanidad privada.

Los pacientes necesitan buenos médicos, que los atiendan bien, que estudien, que dominen la MBE y que se vuelquen con las personas que tienen problemas de salud, y nada más. Los nuevos rectores políticos deben entender que en nuestra comunidad autónoma andaluza deben potenciarse los modelos de colaboración público-privada en la sanidad desde la honestidad, el respeto y la búsqueda de una mejor y más eficiente atención a la salud de la población, sin que ello suponga recurrir al falso y manido tópico de que se privatiza la sanidad pública como mal demoníaco.

Hay mucho por cambiar y más aún por hacer en la sanidad pública, pero sobre todo hay que lograr eliminar de nuestro vocabulario la frase que todos tenemos tatuada de que «la sanidad pública está politizada». Es lo primero.