No me quiero morir

José Miguel Aguilar
JOSÉ MIGUEL AGUILAR

Entre la nostalgia de los tiempos pasados, la premura por combatir el aburrimiento con conversaciones informales y la agilidad mental que proporciona cierta edad se producen situaciones realmente interesantes. A saber. Suelen ocurrir en días de la cosa, como se dice, en los cementerios de los pueblos de España, en los que se ve gente solo esta vez en el año. Apresuradamente, en los saludos de rigor, se pregunta por la familia, la salud en general y por el recuerdo que dejó la última visita, que tuvo que llamar mucho la atención para que doce meses después vuelva a salir el tema en cuestión. En uno de esos encuentros casuales, Manolo, dicharachero por naturaleza, contaba entre lápidas que suspiran melancolía, losas que encierran la memoria del hogar y flores con aroma de tristeza, que su madre continuamente relata la misma anécdota. «Cuando me preguntan cómo estoy, siempre respondo lo mismo: yo no me quiero morir», espeta el hijo con la sonrisa de oreja a oreja acerca de las ocurrencias de su progenitora. Es devoción lo que siente por quien lo trajo al mundo. Más allá de las dolencias habituales, los achaques imprevistos y las goteras propias de los ochenta y tantos bien cumplidos, Isabela zanja cualquier atisbo de duda sobre si el próximo Día de Todos los Santos volverán a verse. «Yo no me quiero morir», es la frase con la que ataja la incertidumbre. Por supuesto que es una frase hecha, pero también es un estado de ánimo.

El próximo año, allí estará ella, rodeada de sus hijos, recordando a su marido del que enviudó lustros atrás, y proclamando a los cuatro vientos, a quien quiera escucharla, que ella no se quiere morir. Pero Manolo, con el gracejo que le caracteriza, apunta: «No es que no se quiera morir ahora, que la verdad que está muy bien para la edad que tiene, es que cuando llegó a los cincuenta decía lo mismo, y a los sesenta y a los setenta. Ella no se quiere morir nunca, por eso tiene esa vitalidad, una constante que le persigue».

Esa historieta real como la vida misma refleja el trajín diario en los pueblos, algunos tornando aldeas, otros perdidos en el limbo, la mayoría luchando por no perder los servicios básicos que acelerarían la despoblación. En nuestros pueblos, de donde somos la mayoría, predomina la gente mayor, vestida de luto taciturno, asomada a la puerta cuando los rayos de sol calienta el mediodía, embozada en una mesa camilla como única compañía con la que aleja el intenso frío del interior de la provincia. La soledad mata más que cualquier enfermedad, por eso todos debemos asumir el axioma de Isabela como lema de vida: «Yo no me quiero morir».

 

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