La más querida estatua

Lo bello que sería cambiar los lazos amarillos por efigies de Chiquito

JESÚS NIETO JURADO

Hubiera sido bello. Hubiera sido necesario viendo el panorama. Hubiera sido el homenaje perfecto. A casi un año de su muerte vamos extrañando cada vez más a Chiquito de la Calzada, acaso porque los tiempos que corren son grises y contrarios a la risa. Porque nuestro Gregorio cosió el país con el humor y nos demostró que el lenguaje popular está vivo. Y que ese esperanto malagueño y trinitario suyo podía entrar en los salones empolvados y en los telediarios, en la jerga de un ministro y en la de un 'piernas'.

Recuerdo ahora a Chiquito en estas vísperas de que vuelvan a tensar más la cuerda en Cataluña, cuando desde Moncloa les falta poco para imponer por decreto una neolengua. Recuerdo al gran Gregorio ahora que he visto que la memoria del humorista ha vuelto a las redes y los telediarios. La cosa fue que en Leganés propusieron una estatua de Chiquito donde hoy luce un molde feote y mediopensionista del Che Guevara. No ha salido la iniciativa, pero ahí queda en sordina el recuerdo del gran Chiquito en las costuras más íntimas del pueblo español.

Piensen lo bello que sería cambiar los lazos amarillos por efigies de Chiquito, y vestir a los 'indepes' con camisas floreadas y patillas. Habría que ocupar con Chiquito el espacio público. Imaginemos también un Chiquito en cada rotonda de cada pueblo. Fíjense qué bella manera de humanizar las feas y largas avenidas que se construyen. Leganés hubiera sido destino de romerías, felices quedadas y demás festejos en honor a nuestro paisano.

Pasa que en estas noches de insomnio vuelvo a ponerme en bucle los vídeos de Chiquito. España dejó de reírse con nuestro genio trinitario, y el país se encabronó definitivamente. En la España sin Chiquito se vive peor; en cada taifa cada cual se arregla como puede. En la España sin Chiquito, Cataluña se ha puesto de uñas, cualquier chiste inocente es ya un delito de odio y hemos demostrado que tenemos la piel muy fina -y las tragaderas muy grandes- para las cosas que de verdad nos afectan.

Sé que vuelvo a escribirles de Chiquito, pero es que he vuelto a acordarme de aquella televisión libre y creativa de los 90, donde no había llegado aún la postcensura de lo políticamente correcto. Chiquito fue un adalid de la libertad de expresión, y lo hemos comprendido demasiado tarde. A los que nos dedicamos al humor nos va costando cada día más escribir sin sentir que sobre nosotros pende una vez una espada y una demanda.

Leganés ha perdido una oportunidad histórica, pero el digno intento de poner a Chiquito en un pedestal nos demuestra que no todo está perdido. Nunca es tarde para volver a este Gregorio que fue tan nuestro y que no se nos fue del todo. El país lo agradecerá. Que se multipliquen sus estatuas desde Galicia a Canarias al año de su muerte. Su legado sigue vivo cada vez que alguien se descojona.

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