Puigdemont, irrelevante

LORENZO SILVA

Que el resultado de las elecciones del 28 de abril sea o no una buena noticia para el país, en general, y en qué medida, es algo que depende de lo que ocurra en las próximas semanas y de cómo se gestione después durante los cuatro años que tenemos ahora por delante. Pero hay un aspecto particular en el que ya podemos felicitarnos por lo que sucedió el pasado domingo. El prófugo Puigdemont ha pasado a ser políticamente irrelevante a efectos de la gobernación de España, y con él queda expulsado de las decisiones ese independentismo que, lejos de admitir el error del 1-O y el dislate de la secesión unilateral, y de mostrar el propósito de enmienda que desatinos de ese calibre justifican y aun exigen, se empeña todavía en hacerlo valer como una suerte de demostración de superioridad moral que nos coloca en deuda a todos los que nos opusimos a tan obtusa iniciativa.

Ha cosechado así el fugitivo de Waterloo la respuesta que en justicia corresponde a quien escurre el bulto para eludir sus responsabilidades y el sacrificio por las ideas que dice defender, en también justo beneficio de quienes se quedaron a pie firme a pechar con las consecuencias de sus actos. Con su destierro al limbo, aunque intente compensarlo con un escaño europeo de incierta obtención y limitada eficacia, se despeja venturosamente una nube que ensombrecía el horizonte de los españoles.

Lo que nos queda ahora es ver de qué manera deciden ser relevantes aquellos a quienes el voto de la ciudadanía, más sabio que la campaña que se lo pidió, les han dado la oportunidad de serlo. En primer lugar, Pedro Sánchez, el único presidente del Gobierno posible para una legislatura que sería bueno que fuera completa y constructiva: los españoles han hecho su parte, y no estaría nada mal que ahora los políticos hicieran por una vez su trabajo. Esa consideración alcanza, y de qué modo, a las otras dos formaciones cuya relevancia señala de forma inequívoca la aritmética parlamentaria: Ciudadanos, que tiene la llave para una mayoría que exima al Gobierno de pagar peaje a ese nacionalismo voraz que dice combatir; y Esquerra Republicana, que tiene en su sola mano, a través de una abstención realista y comprometida, la reconducción del conflicto catalán a la vía del consenso y la solidaridad de la que nunca debió salir, a la vista del vigor insuficiente del independentismo y la resiliencia, que sólo un necio puede ignorar, del alma española de Cataluña. Rivera, en libertad, y Junqueras, en la cárcel y a la espera de una sentencia que no pinta fácil, ni para él ni para los que han de dictarla, tendrán que decidir qué quieren ser de mayores; pero antes, y a muy corto plazo, si quieren que los votos que han recibido cuenten, ya, o se queden cuatro años en la nevera.