El puente de Morandi

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

La catástrofe del pasado martes 14 de agosto en Génova adquiere dimensiones dantescas. El derrumbe del famoso puente de Morandi es el símbolo de una Europa agonizante, como escribió ayer Mariano Vergara. Y no le falta razón. Riccardo Morandi fue el ingeniero estrella de unas décadas -cincuenta, sesenta y parte de los setenta del pasado siglo- en las que el continente europeo se reconstruía y parecía salir de su historia teñida de sangre, y no es esta la narración del apocalipsis sino de la pura realidad si contabilizamos los millones de muertos que ocasionaron las dos conflagraciones mundiales y las represiones totalitarias de distinto signo, que es sólo uno: el que deja la muerte. Morandi cimentó ese enorme viaducto de hormigón armado sostenido por 'monocables atirantados', una obra magna que fue recibida como la gran maravilla tecnológica de su tiempo. Y no es que no lo fuera, lo era, pero más sobre el papel que en su posterior realización. Cincuenta años más tarde, cuando los monocables han estallado, y el puente se ha venido abajo, también se ha derrumbado una etapa boyante en la que Italia crecía económicamente, gracias a las actuaciones de choque del Plan Marshall y a la aplicación de los polos de desarrollo, al que no le faltaron críticas, como la del alcalde de Roma e historiador, Carlo Giulio Argan: «Los polos de desarrollo -denunció- remarcan las fronteras entre la riqueza y la pobreza, es decir, los ricos se hacen más ricos y los pobres se empobrecen, mientras Milán se hace opulenta, Nápoles y Palermo acumulan basura»; pero en aquellos años la élite socio-cultural italiana se esforzaba en mantenerse dentro del club selecto de las grandes potencias mundiales, en la que acababa de entrar, y no importaban los costes. El puente de Génova fue inaugurado por el presidente de la República de entonces, el social-demócrata Giuseppe Saragat, derechista para la izquierda e izquierdista para la derecha. Eran los tiempos en que funcionaba la fórmula llamada de 'apertura a sinistra' defendida por uno de los primeros ministros de Saragat, el inteligentísimo demócrata-cristiano Aldo Moro, al que aquella política le costó la vida en 1978 porque las Brigadas Rojas, Giulio Andreotti y Henry Kissinger así lo quisieron.

Hoy, casi todos los actores de aquella ópera trágica han desaparecido, el propio puente no ha podido soportar el peso de la Historia, y su colapso ha causado, hasta ahora, en torno a cuarenta víctimas directas. Sin embargo, pienso que el efecto es mayor. La misma Europa se ha transformado, en un corto espacio de tiempo, en otro continente temeroso, pesimista, egoísta y agotado. Sin ir más lejos, ¿quién podía imaginar que el ministro de Exteriores italiano iba a acusar a la Comunidad Económica Europea de ser la responsable del hundimiento del puente?, peor aún, ¿quién podía sospechar que Italia tuviera un ministro de Exteriores como el intransigente Mario Salvini, un político peligroso cuyo partido, la Liga Norte, justifica el régimen de Saló?

Si Pier Paolo Passolini resucitara, dirigiría el más inquietante de sus filmes, no lo duden.

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