LOS PUEBLOS DESAPARECIDOS

CATALINA URBANEJA ORTIZ

A finales de la dominación musulmana, en la Tierra de Marbella existieron pequeños pueblos que paulatinamente fueron despareciendo sin dejar más rastro que sus topónimos. La delimitación de este territorio la fijó Sebastián Fernández en el siglo XIV: La taa de Marbella estaba formada por las estribaciones de la Serranía de Ronda por el Oeste, la sierra de Tolox por el Norte y la de Alpujata al Noreste, que enmarcan una extensa zona del litoral marítimo. Compuesta por una veintena de pequeñas alquerías salpicadas entre la costa y la montaña, muchas de ellas, las más cercanas al litoral, fueron abandonadas antes de la llegada de los castellanos por temor a las frecuentes razias corsarias, tendencia que perduraría hasta principios del XVII, aunque por razones de otra índole.

Estas aldeas coincidían en algunas características esenciales: ocupaban las laderas del piedemonte; compartían el caudal de los ríos, que aprovecharon para la creación de un área irrigada para sus tierras de cultivo, abancaladas en descenso hasta los valles; y se aprovechaban de los recursos de la montaña, beneficio del que igualmente participaba Marbella. Algunas de ellas mantuvieron una población estable al menos hasta el segundo tercio del siglo XVI, ya que su posición de retaguardia era idónea para controlar los accesos a la ciudad desde el interior, formando un cinturón fortificado mediante torres construidas en los pueblos a semejanza de las almenaras.

Con ligeras excepciones, hablo de pequeñas aldeas que responden a la clasificación realizada por Malpica: tenían explotaciones próximas a las casas; calles que presentaban la doble finalidad de acceso a las viviendas y trazado del camino que comunicaba con los poblados vecinos y que asimismo conducía hasta la torre, en el caso de encontrarse fuera del núcleo urbano. Así ocurría en Tramores, donde la casa del alguacil Barbí lindaba con el campo, otras casas «y por delante con la calle que va a la torre de dicho lugar».

Las aldeas ocupaban las laderas del piedemonte y compartían el caudal de los ríos

Una distribución tan anárquica haría difícil diferenciar una zona agrícola de otra netamente urbana, pues muchas viviendas habían sido alzadas en medio de las tierras de labor, quedando integradas en un paisaje mixto de huertas y casas. Además, debe tenerse en cuenta que las pronunciadas vertientes eran suavizadas con construcciones superpuestas, de tal forma que los terrados del nivel inferior alcanzaban las orillas de la calle de arriba. Cerraba el conjunto la cerca, con la doble finalidad de separar ambas zonas y como protección del vecindario. Así, el eje central lo conformaban la plaza, la mezquita y el mocaber o cementerio cerca de ella y junto a una de las principales vías de comunicación, cuya distribución respondía a un estereotipo musulmán del que no eran ajenos los de esta comarca.

Extramuros se encontraba la zona «industrial», formada por tenerías; molinos de grano -aunque en Almáchar, Istán y Ojén también se encontraban dentro del pueblo y vinculados a los hornos de pan-; almazaras, aunque pocas; tornos para hilar la seda; albercas; tejares, e incluso silos para el almacenamiento de grano.

Muchas alquerías tenían una venta junto a los principales caminos, que era muy frecuentada por los viajeros durante los largos recorridos y donde se encontraban a salvo de los salteadores de caminos. Tras la conquista, se construyeron en las tierras bajas nuevos establecimientos para paliar el vacío generado.

La jurisdicción de Marbella comprendía las aldeas situadas entre Fuengirola y el río de Guadalmina, línea divisoria con Estepona. Eran tierras no sujetas a delimitaciones, sino que las disfrutaban todos, «salvo las dehesas que dexavan apartadas para los bueyes de arada». Así se constata en septiembre de 1490 de las indagaciones realizadas entre los moros viejos de Benahavís por el bachiller Serrano, auxiliado por el intérprete de «arábigo» Antón de Uceda dado que los mudéjares desconocían la lengua aljamiada o castellana. El objetivo de estos interrogatorios era cuantificar el número de alquerías adscritas a Marbella, sus mojoneras y sistema de gobierno, como acto previo a los repartimientos. Lo que ignoraban los lugareños era que las indicaciones sobre los límites de cada pueblo no servirían para nada, puesto que ya estaba planificada su expropiación para entregar sus tierras a los nuevos pobladores. Un reparto y distribución que posibilitaba a la Corona la consecución de dos objetivos: repoblar el territorio y saldar las deudas contraídas durante las campañas bélicas.

De esta forma, los habitantes de El Alicate, Esteril, Cortes, Velerín o Tramores, se vieron forzados a abandonar sus predios y sus hogares por imposición real para, de la misma forma que habían hecho los de Marbella, emigrar al Norte de África o establecerse en las alquerías serranas. Por suerte para los investigadores, estas personas dejaron tras de sí un sucinto rastro documental que ha permitido esbozar parte de la trayectoria de estos pueblos desaparecidos, de cuyas vicisitudes hablaré en otra ocasión.