Primero, las primarias

Primero, las primarias
Aitor Hernández

Nadie debe ni puede cantar victoria. Sáenz de Santamaría y Casado van a moverse y los compromisarios pueden ir con uno o con otro; nada indica que tengan decidido su voto. O sea, que no es tan fácil

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

Ser el foco principal, casi absoluto, de la noticia es algo que puede preverse pero en su desenlace no siempre se acierta. La marcha de Rajoy, tras la moción de censura, trajo la inesperada puesta de largo de un sistema de elección de presidente nacional nunca utilizado en este ámbito. Se les puede llamar primarias o puede ser tan sólo el sistema del Partido Popular. Los electores han de ser militantes e inscribirse para votar y, en la fecha señalada, llevar a cabo el sufragio en dos urnas, en la primera se elige candidato y en la segunda compromisarios. El resultado es que, tras la votación y el escrutinio, dos de los presentados pasarán el corte y, ante ello, son proclamados candidatos para el Congreso Extraordinario, igualmente quedan proclamados los compromisarios que habrán de formar el cuerpo electoral del propio congreso. Así pues, a doble vuelta, las dos personas preferidas por la militancia habrán de confrontar programas e ideas para finalmente obtener el veredicto de las urnas de 3.184 compromisarios, también elegidos por los militantes, a excepción de los 522 natos -senadores, diputados nacionales, presidentes regionales y provinciales y alcaldes de municipios mayores-.

Los elegidos, Soraya Sáenz de Santamaría y Pablo Casado, reinician sus respectivas campañas, esta vez, para buscar el voto de los compromisarios. Nunca hay que descartar un pacto entre ambos; de hecho, muchas voces así lo han demandado, pero otras muchas se han decantado por acudir al propio evento congresual y medir fuerzas. Si así se opta, que todo parece indicarlo, está claro que ambos candidatos no sólo van a dirigirse a sus posibles votantes, sino también a los precandidatos que no pasaron el corte; para recabar su posible apoyo y lo que ello puede significar.

El escenario -como todo en política- es complejo. Nada es automático, aunque haya quien así lo presuma de antemano, y nada aún se ha expresado acerca de ello. Hay que decir que todos los presentados han tenido seguidores y, por tanto, todos ellos -los cuatro eliminados- pueden intentar volcar, a favor de cualquiera de los dos finalistas, el voto de aquellos que les apoyaron expresamente. Todo es importante, pero aún más, mucho más, lo es el hecho de que María Dolores de Cospedal decida mover ficha. La tercera en discordia, la hasta aquí Secretaria General, puede mantenerse al margen o puede iniciar algún movimiento para decantar su innegable peso específico y cuantitativo a favor de uno de los dos aspirantes. Ello puede resultar determinante en muy grande proporción. Pero nadie debe ni puede cantar victoria. Sáenz de Santamaría y Casado van a moverse y, en principio, los compromisarios pueden ir con uno o con otro; en su mayoría, nada indica que tengan decidido su voto. O sea, que no es tan fácil.

Ha sido una campaña intensa, pero respetuosa y cordial. Aquéllos agoreros que pronosticaron enfrentamiento y división han quedado desautorizados como observadores y analistas. El actual sistema, el protagonista de esta elaborada decisión interna, es más complicado por nuevo que por ninguna otra causa. Quizá lo que se ha comprobado como más inconveniente sea la obligación de inscribirse o, incluso, la comunicación de las particularidades o requisitos previstos en la norma. Si en un futuro se decide su modificación, habrá que estar a aquellas correcciones que lleven implícita una mayor participación, que siempre es lo más deseable.

Otra cuestión quizá sea la necesidad de establecer unos límites en lo que se refiere a pedir el voto o la natural propensión a influir en el mismo. El exceso de pragmatismo de alguno para obtener apoyos cuantitativos choca con el espíritu de este proceso electivo, es decir, la hora del militante, la hora de la decisión individual, libre y secreta. Es perfectamente lícito que aquellos que lo deseen puedan hacer público el sentido de su voto o su definitiva preferencia. Ahora bien, nada debe hacernos creer que se vota por grupos o colectivos y nadie que no haya sido expresamente autorizado para ello puede atribuirse la representación de los votantes. Ello vale para los militantes inscritos y también ahora para el voto de los compromisarios. A finales del siglo XIX, el 'Pollo de Antequera' -el Ministro de la Gobernación, Francisco Romero Robledo- fue responsable de obtener votos a través del fraude de forma casi ordinaria. Él no creía en el sufragio universal, y así lo expresó en el Congreso de los Diputados; nosotros sí.

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