El precio de las palomitas

Voltaje

Resulta una fatalidad ver una película con olor a shawarma

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

La bajada del precio de las entradas de cine va a ser efectiva y eso se traducirá en dos cosas: dejar de quejarnos por la tasa indecente que tenía y que el cine nos salga entre diez y noventa céntimos más barato. Hay que preguntarse si esta descarga repercutirá en el nivel de asistencia a las salas. Es verdad que cuando se celebra un Día de Cine, ese invento de la industria para vender entradas a 3 euros y seguir ingresando en las peores semanas del año, las salas poligoneras se llenan a reventar. Yo fui una vez y me pareció un horror: justo cuando iba a empezar la proyección se formó un gran pollo y estuvo a punto de intervenir la policía debido a una pelea por unos asientos. Desde entonces decidí incluirme en ese porcentaje de gente que prefiere pagar dos o tres euros más y ver la película con la sala vacía, como un señor.

Hay cierta crueldad ahí, pero ir a un cine enorme en el que hay cuatro personas o nadie es un lujo para cualquier aficionado. La sensación de ruina para las exhibidoras resulta sin embargo inevitable. Tampoco parece que el precio de las entradas sea lo que saca a la gente del cine, entre otras cosas porque ahora, gratis o casi por el precio de una entrada, tienes acceso a un catálogo bestial con la posibilidad de la detención de la experiencia para alimentarte o para asuntos propios. Ir al cine no solo te cuesta el precio de la entrada. La certeza de que las salas ganas más dinero por sus barras que por la venta de localidades está siempre al acecho. No hay datos oficiales del coste de producción de un paquete de palomitas pero estimamos que será muy bajo. Del tabaco leí que a una empresa le cuesta unos pocos céntimos de euro fabricar un paquete, lo demás son todo beneficios más los impuestos. Pues igual con todo.

Hay quien arguye que hay que comer porque ahora las películas son más largas. Ayer murió Claude Lanzmann, el director de 'Shoah', un documental de los 80 sobre el holocausto de casi diez horas que siempre se quiere ver, pero jamás se encuentra el momento. Quiero decir que está bien que uno pase con algún refrigerio a la sala, pero a veces la cosa va más allá del simple snack o de la chuchería fina, y aquí se ha visto a gente con pizzas familiares y menús que no te da tiempo a comértelos. Resulta una fatalidad ver una película con olor a shawarma porque te saca de la historia para llevarte a un lugar que podrá ser discutible si es mejor o peor, pero que sin ningún género de dudas es otro. Por eso y por cuestiones de salud pública el impuesto que grava las palomitas debe mantenerse; son las propias exhibidoras las que nos la venden a precio de artículos de lujo, porque saben que el negocio del cine está en las palomitas.

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