El precio de un doctorado

CATALINA URBANEJA ORTIZ

EL tsunami que ha descargado sobre la universidad española es como el rayo que no cesa: cada día genera nuevos escándalos que ponen en evidencia la falta de ética y moral con que muchos políticos tratan de deslumbrar a su electorado, como si con la acumulación de títulos académicos se tratara de esconder la mediocridad que, lamentablemente, se ha erigido como el símbolo más característico de nuestros dirigentes.

La falsificación de másteres y doctorados, si bien sirvió para dotar de unos tintes de intelectualidad a quienes hacen uso de ella, ha sacado a la palestra los puntos más débiles de una institución que debería ser ejemplarizante y, al parecer, no lo es. Pero asimismo se está convirtiendo en una lacra que debemos arrastrar quienes, en su día, trabajamos de forma incansable, robando horas a nuestra familia y dinero con el que podríamos haber cubierto otras necesidades más perentorias y acaso lúdicas, porque no sólo de pan vive el hombre. El desprestigio que los intereses partidistas ha proyectado hacia los títulos académicos es un bochorno indignante que me plantea una serie de preguntas cuyas respuestas no están en mis manos. ¿Qué pretenden con esto? ¿Acaso eliminar las universidades para crear una mayoría más manejable, silenciosa e inculta, a la que «guiar» hacia sus objetivos? ¿Pretenden recuperar las directrices de la Dictadura en la que la enseñanza estaba limitada a las clases pudientes?

Son muchos los interrogantes que me surgen cuando escucho en las noticias que alguien ha falsificado su currículo. Lamentablemente, cada día surgen nuevos casos que implican a dirigentes de alto nivel y, mientras mi ira va in crescendo, trato de analizar mi época de doctoranda, los cientos de obstáculos que tuve que vencer, las horas que pasé sentada ante una documentación generada en una época en la que los caracteres de la escritura en nada se parecían a los actuales, las dioptrías que la Paleografía me dejó, las invitaciones que tuve que rechazar porque no podía malgastar el tiempo, o los costosos viajes a los archivos. Un sacrificio que mereció la pena, pues me proporcionó la satisfacción de que un tribunal calificara mi tesis doctoral con un sobresaliente cum laude. Un tribunal compuesto por cinco doctores de los cuales, tan sólo dos de sus componentes pertenecían al Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad de Málaga. Nada de amiguismos, al menos en mi caso, pues estos profesionales ejercieron una crítica constructiva haciéndome ver los posibles lapsus que encontraron en mi trabajo, al tiempo que me señalaban las estrategias a seguir con vistas a su publicación.

Guardo un imborrable recuerdo de aquella jornada, de la ilusión que observaba en mis familiares, amigos y compañeros que tuvieron la deferencia de acompañarme en un acto tan trascendental para mí. Y no fue algo personal e intransferible. Todo lo contrario. He asistido a la lectura y defensa de las tesis doctorales de muchos colegas, especialmente los de Marbella y San Pedro, he compartido su nerviosismo ante la incógnita del resultado final, su ansiedad por terminar con un compromiso difícil y costoso, porque todos fuimos conscientes de que por fin alcanzábamos la meta.

Por eso, cuando leo en la prensa que alguien ha borrado de su currículo el título de doctor o hecho desaparecer los numerosos másteres que, en teoría, había realizado, me siento más orgullosa de pertenecer a esa mayoría de doctores a los que no les regalaron sus títulos, sino que son el resultado de una ingente labor investigadora en la que se implicó a un director y a una familia que contribuyeron a que el resultado fuera lo más digno posible. Me avergüenza la utilización que estos personajes han hecho del Tercer Grado y la necesaria complicidad que encontraron en determinados estamentos, pero también echo de menos las quejas del colectivo «normal», que debería tener en cuenta el futuro que les espera a los actuales doctorandos o a los alumnos de unos másteres con los que pretendían acceder al mundo laboral. ¿Cómo hacerles comprender a sus padres que su sacrificio obtendrá la recompensa perseguida si las titulaciones han sido devaluadas? Recuperar la confianza en las instituciones va a ser complicado, dadas las circunstancias, porque no vale la pena invertir en un proyecto educativo si, al final, todo indica que están a la venta y sólo triunfan aquellos que no asistieron a las aulas y se vanaglorian de una titulación obtenida con pocos escrúpulos y menos vergüenza.

La Universidad está en crisis y debemos contribuir a su relanzamiento porque con ello, no sólo dignificaremos la labor de muchos docentes que se dejan la piel en su trabajo, sino que contribuiremos a mantener a nuestros hijos en la creencia de que la cultura derriba obstáculos y, lo que es más importante, les hace libres.

 

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