Políticos en televisión

JOSÉ MARÍA CALLEJA

Rivera entra casi siempre en falta, Casado se esfuerza por mostrar en el plató que la alternativa es él, Iglesias parece un cura progre, mayor y sesentero, y a Sánchez se le hacen largos los debates, se le tensa la cara, solo le falta mirar el reloj. Pero no nos quejemos, hay más de nueve millones de españoles dispuestos a ver un debate televisivo un lunes y a reincidir en verlo al día siguiente, como si fuera la segunda parte de un mismo partido apasionante. Frente a la idea de que la gente está despolitizada y el rechazo general a los políticos en el bar, lo cierto es que cuando los ciudadanos tiene un debate se ponen delante de la tele hasta las tantas. Un tipo de programa que nada tiene que ver con los formatos habituales con éxito de audiencia: ni los tiran de un helicóptero, ni los meten debajo de un edredón, ni les dan premio, ni pueden ligar en un restaurante. Por eso me resulta injusta la posición de los que exigen debates con propuestas, con fundamento, con argumentos, y cuando se exponen con cierta seriedad, el de TVE, se sentencia: vaya muermo; pero cuando hay tensión, cruces, impertinencias, incluso gallinero, se dice con suficiencia: no es esto, no es esto.

Los cuatro candidatos que se han trabajado las varices en dos sesiones interminables, especialmente la segunda, son producto de la televisión. Con más o menos intensidad, los cuatro jóvenes son personajes fabricados en la televisión; especialmente Iglesias, que ahora maneja la constitución como un misal y que empezó en una tele ultra. Son animales televisivos que saben que fuera del espectáculo no hay salvación, con una flota de asesores que cobran una pasta y que saben, como los líderes, que no es necesario tener razón para ganar el debate.

Por lo demás, recurren a los tópicos clásicos de la propaganda de toda la vida: la reiteración de las mismas palabras acusatorias, la caricatura del contrario, la simplificación, la utilización del mínimo detalle como munición de alto calibre, la mentira pura y dura, la construcción del otro como enemigo, sin mezcla de bien alguno, sobre lo subrayado como excelso de lo propio. Es un buen síntoma ese interés ciudadano, frente al prestigio de la descalificación genérica a los políticos. En sentido contrario, es muy mal síntoma que un partido monosilábico, diga que en España los únicos representantes legítimos del pueblo, después de cuarenta años de democracia, partitocracia, le dicen, serán ellos cuando entren en el Congreso. Vamos, que según los que llenan las plazas de toros, aquí ha vuelto a amanecer.

Queda por saber si la intensidad de los debates servirá para que se decidan los indecisos. El domingo lo sabremos.