Políticas sin formas

DIEGO CARCEDO

Escuchando los debates parlamentarios suelo acordarme especialmente de mi padre. No era, por supuesto, un político: sólo un agricultor modesto, exemigrante a Cuba y, eso sí, una persona bastante culta y, sobre todo, una persona educada. Más que educada, una persona respetuosa con las formas. Tenía un talante conciliador heredado de su padre que durante algunos años había sido el juez de paz del municipio. «Quien pierde las formas pierde la razón», solía decirme cada vez que yo, un muchacho impulsivo y proclive a discrepar, reaccionaba con virulencia. Discutiendo acaloradamente es imposible convencer a alguien. Estas apreciaciones, que con el transcurrir de los años me llevan cada vez más a mostrarme de acuerdo, son las que hace unos días -una semana para ser más preciso- me hicieron saltar de la silla escuchando a algunos de nuestros líderes en el Congreso.

No era la primera vez que me preguntaba: ¿para eso hemos votado muchos millones de españoles? Haber elegido para representarnos a personas que cofunden argumentar con insultar, proporciona un indudable sentido de frustración. No hacen falta esos modos tabernarios que hablan de golpe de Estado o de fusilamientos con semejante facilidad e impunidad. Es un lenguaje y un tono más propio de reyertas de las viejas tabernas.

¿Reparan quienes así se comportan en el ejemplo que dan? Un Hemiciclo parlamentario es un lugar donde todos estamos representados y no es admisible que quienes nos representan se comporten con algunas maneras que seguramente no mostrarán en la calle. La forma es importante, fundamental, pero tampoco hay que olvidarse del fondo. Elegimos a diputados y senadores para que legislen lo mejor para todos. El objetivo máximo que deben perseguir es mejorar la convivencia entre los españoles, no incentivar con sus palabras, gestos y actitudes el enfrentamiento. Es lógico que no pensemos todos igual y eso no debe ser utilizado para lanzar agravios y provocar divisiones. Cuando hay que arbitrar litigios, es otro poder del Estado el que tiene ese encargo. Las cámaras están para legislar y controlar al Gobierno y eso puede hacerse sin gritar ni denigrar a nadie. Rifirrafes suele haber en todos los parlamentos democráticos. Las Cámaras legislativas españolas no son una excepción. Sin embargo, eso no debe servir como justificación. Si nuestros políticos no saben estar y no saben relacionarse entre sí como personas normales, es que algo funciona mal. Dentro de unos meses habrá una tanda de elecciones. Sería bueno a la hora de votar que el saber estar de los candidatos sea tenido en cuenta. Los hay en todos los partidos y si no concurriesen, nadie les echaría de menos.

 

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