Pobres

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

A los pobres les sacude la mala suerte hasta cuando alguien intenta tenderles una mano, ponerles voz. Debe de ser por aquello de a perro flaco. En medio del estruendo de la moción de censura, con el país pendiente de un despacho en Bilbao para conocer el futuro de su gobierno, y Rajoy en paradero desconocido unas horas, Cáritas Málaga presentó el pasado miércoles su informe anual. Claro que tan pendientes estábamos del esperpento nacional, de Zidane y de la despedida de Carlitos del 'Cuéntame', que se nos pasó reparar en el diagnóstico de la cruda realidad que tenemos al lado. 11.237 personas acudieron en 2017 a las puertas de Cáritas a pedir ayuda. Detrás de esa cifra hay hogares enteros: casi siempre mujeres, madres de familia, que transitan la senda que separa la desesperación de la caridad para poder ver llena una nevera o, al menos, que las despensas de las que comen esas familias no parezcan un abismo. O, incluso, que una triste bombilla ilumine las noches de sus casas.

La fotografía que ofreció Cáritas es la de un escenario 'post-crisis' en el que somos menos pobres, pero los que quedan son más vulnerables. Es decir, ya no atienden a las 70.000 familias a las que prestaron asistencia en los peores años de la crisis, pero esas 11.000 personas son las que se quedaron en el camino, aquellas que sufrieron un mal esquinazo de la vida y, ahora, cuando algunos dicen que ya salimos de esta, siguen sin tener dónde agarrarse. Pienso en todos esos que patinaron, que se jugaron todos sus cuartos al espejismo de la burbuja y que ahora han quedado desnudos y atrapados bajo sus escombros. Pienso también en aquellos a los que les llegaron los cantos de sirena de un trabajo fácil y altamente rentable, a los que convencieron para que abandonaran su formación, se fueran a la obra y se embarcaran en préstamos para viviendas imposibles y coches de película que, en realidad, nunca podían haber pagado. Pienso en esa clase media que desapareció literalmente tras abrirse bajo sus pies la tierra de una realidad ficticia. Y que no han vuelto a entrar en una agencia de viajes a planificar un agosto porque ahora viven al otro lado de la barrera. Y que a estas alturas habrán olvidado incluso en qué consiste ese pequeño capricho de tomarse una cerveza en fin de semana en la calle o esa ilusión de calcular los gastos de un 6 de enero para sus hijos.

Por eso, cuando estos días de tanto ruido, algunos esgrimen qué bien nos va ahora, cuánto nos hemos alejado ya de los peores años, y lo mal que está quejarse de los tiempos que nos han tocado vivir, no podía evitar enervarme con el hecho de que hayamos pasado de largo de la memoria anual de Cáritas. Sobre todo, porque no podemos darnos por satisfechos cuando entre los nuestros hay quienes tienen desahuciada hasta la esperanza.

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