Plebiscito

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Antes, cuando la vida respondía a unos reglamentos más bien ortopédicos, existía eso que se llamaba la serpiente de verano. Alifafes menores y naderías con las que los periodistas construían algo parecido a una noticia y se llenaban de tinta barata las páginas de los periódicos y se poblaban las ondas de radio y de la televisión única. Monstruos y crímenes con los que atravesar el desierto informativo. Pero he aquí que llegaron las 'fake news', las patrañas de siempre bautizadas con nombre inglés, la crisis financiera, el tembleque de las instituciones y, en España, el resquebrajamiento de los partidos políticos, con lo cual el verano se pobló de negociaciones, investiduras fallidas, colapsos partidistas, defenestraciones y una ebullición social permanente.

Y en este punto estamos. Los tradicionales incendios y los manidos reportajes sobre el calor quedan en segundo plano por el desasosiego gubernamental, la volatilidad del poder en algunas comunidades autónomas y la configuración de unos ayuntamientos multicolores. De cara a la formación del Gobierno central, Pedro Sánchez ha puesto en marcha la cuenta atrás. Apenas tres semanas para dejar el mareo de la perdiz y dirigirse hacia lo que él quiere que sea un monolítico ser o no ser. Este hombre, que sabe lo que es ser arrojado por una ventana (de la calle Ferraz concretamente), chocar contra el impío asfalto y levantarse sacudiéndose el polvo como un robocop de Argüelles, se dirige con paso mecánico hacia la sesión de investidura desechando una segunda vuelta porque los circuitos de su incombustible cerebro le indican que debe haber Gobierno ya.

Luces rojas, alarmas en los submarinos de todos los partidos salvo en el de Ciudadanos, que anda sumergido en aguas abisales y cuyo sonar está diseñado para no recibir ninguna frecuencia que provenga de la Moncloa o sus alrededores. Donde más movimiento hay es en el buque de Podemos. Pablo Iglesias hace tiempo que abandonó aquel sueño juvenil del sorpaso y sabe que la única oportunidad de llegar al Gobierno es subido a los hombros del PSOE. Ahora o nunca parece decirse Iglesias, consciente de que si no es ahora en su partido puede haber mudanzas sustanciales que lo dejen fuera de ese puente de mando del que él mismo ha dado clases de cómo expulsar a la fraterna tripulación. Y, como corresponde a ese afán plebiscitario que le llevó a hacer una consulta para ver si debía comprarse una casa o no, ahora ha lanzado una propuesta que en cierto modo responde a ese afán suyo. Que sea el Congreso de los Diputados, es decir, la representación de la ciudadanía, quien acepte o rechace su entrada en el Gobierno. Que hable el pueblo. Sin nadie que se adueñe unipersonalmente de la voluntad ciudadana. Ya se encargaría Iglesias de hablar con Rufián y unos cuantos de su cuerda para que la voz del pueblo suene clara y nítida en su favor. Y que conste que no lo hace por interés propio. Sino por el nuestro. ¿Quién necesita serpientes de verano teniendo a Daenerys, madre de dragones, entre nosotros?