Plazas y jaimas

ÁNGEL PÉREZ MORA

Ante una nueva ciudad nos dejamos llevar de la mano de 'libroguías', de monumento en monumento. No reparamos en que así su carácter se nos escapa, pues éste solo puede percibirse si nos empapamos del aire que resbala por sus fachadas y se mueve entre sus edificios.

Del barro sale el hueco que da sentido al jarrón. De entre la masa urbana privada nace lo público como espacio vacío en forma de calles y plazas. Por ellas se mueven personas que cada día salen a jugar su propio partido, hacen que sucedan cosas y en su quehacer dan sentido y carácter a la ciudad.

Pocas calles vienen de antiguos caminos, la mayor parte se abrieron después de hacerse grande la ciudad: alineando y desplazando fachadas (ensanches) o demoliendo manzanas enteras (reforma interior). La esquina surge de un cruce, la plaza, dibujada sobre un papel por alguno, viene de la voluntad de todos.

En Málaga hay calles como Pito, Duende o Tomás de Cózar que claman por una plaza próxima, donde poder levantar la vista al cielo. Nadie duda hoy de la necesidad del vacío de Camas, aunque sí de su propio sentido. Nunca será una plaza pues a su operación urbana le faltó voluntad de fachada, condición necesaria para con el tiempo adquirir su propio carácter.

Nuestro centro tiene plazas muy bellas pero, a excepción de la Merced, son escasas en dimensiones y recoletas: Constitución, Mitjana, Félix Saénz... Aún así, siendo clara la falta de espacio por donde el aire penetre y haya lugar para lo ciudadano, viene de cuando en cuando un toldo a nublar ese cielo tan necesitado... un toldo, una jaima o una carpa.

Es costumbre, de año en año, sacar los libros al sol de la plaza o del parque. Parece que con el fin de que sentemos pequeñas bibliotecas a la sombra de los árboles. A la tradicional feria del libro le sigue una feria tras otra. Tanta feria determina una industria sofisticada que transforma una casa en un container y un tráiler en una caseta. Entre tanto remolque aparcado nadie pregunta por la plaza de la Marina; desdibujada la plaza, no extraña que se conviertan aceras en escaparates... para tapas, para modas, para coches.

El tenderete trajo la jaima. La jaima se hizo articulada y mudó en carpa. Ésta evolucionó sin necesidad de Darwin e insuflada de aire frío adquirió paredes y puertas. Más tarde arribó un camión transformer que se desdobla extrayendo habitaciones como alforjas. La espectacular evolución del tenderete nos ha colado, ¡vaya gol!, un tráiler sobre la acera.

Las calles son para andar; las plazas, para pararse. Para la muy digna acción de comerciar tiene mil lugares la ciudad. Al que quiera ocupar la plaza de todos para vender hay que pedirle que, ciudadanamente, mejor se vaya a otra parte.