Fin de la era del plástico

DIEGO CARCEDO

Unas décadas atrás surgió el plástico en nuestras vidas dispuesto a mejorar su calidad. Fue como el bálsamo de Fierabrás, pero con más aplicaciones prácticas. Todo lo moderno primero y todo lo funcional después era de plástico. Fue una revolución en toda regla. Ofrecía ventajas para todo: limpio, ligero, barato, flexible... la repera. Un invento memorable. ¿Quién no se benefició de las ventajas del plástico? Uno mira su alrededor mientras escribe y el plástico aparece por todos los rincones del despacho. Las prendas de vestir de plástico resultaban horteras, pero acabaron poniéndose de moda. Hay personas alérgicas al plástico, eso sí, pero son pocas. Y no les queda otro remedio que aguantarse porque hasta los medicamentos para sanar sus males vienen arropados en blíster de plástico. Y nada digamos del agua embotellada que bebemos, de las cremas que nos protegen del sol, hasta la comida viene a menudo servida en platos de plástico, con cucharas de plástico y vasos de plástico para empobrecer el vino. Hay enemigos, entre los que me encuentro, de tanto plástico, pero somos los menos. Las amas de casa lo adoraban porque les facilitaba las cosas. Es trasparente y amoldable. ¿Qué más se le podía pedir?

Pues, sí: que renunciase a su condición de eterno. Que, como todo en la vida, tuviera un final. Que, cumplida su función, se desintegrase igual que nos ocurre a los humanos, a los animales y a los vegetales. Pero el plástico es recalcitrante. Aparece en nuestra cotidianidad para quedarse. Para llenar los cubos de basura, anegar los ríos a donde se le arroja cuando cansa su uso, para emponzoñar los mares cuando inconscientemente se arroja desde los acantilados o se abandona en las playas. Es triste reconocerlo, pero el plástico es el gran enemigo de la diversidad, nos condena al suicidio colectivo de la especie. Contamina el agua y la tierra, atenta contra el equilibrio ecológico, contribuye al cambio climático y afea los paisajes, adultera las olas, envenena a los peces y ciega a las aves. Hay que buscarle alternativa. Bolsas de compra, fuera; cobrarlas ya no llega: fin de las 'amenities' de los hoteles, de botellas... Mejor regresar al botijo, que nunca debió verse relegado de nuestras mesas, a los cartuchos de papel de siempre y a los rollos verticales de papel de estraza para envolver los paquetes. Las autoridades nacionales y comunitarias amenazan con ponerse serias e imponer multas a los establecimientos que sigan ofreciendo bolsas de plástico por debajo del mostrador.

Algunos almacenes ya anuncian su fecha de caducidad. Los que nacimos y vivimos en el confort del plástico que nos rodeaba, vamos a echarlo de menos. Al final queda el consuelo de que el plástico no dejará obras de arte que lo perpetúen en los museos; solamente recuerdos de una etapa de nuestras vidas que la sensatez humana habrá superado; le costará pero la superará por la cuenta que a las futuras generaciones les tiene.