La plaga

Las diez plagas de Egipto, en realidad, fueron siete

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Las diez plagas de Egipto para algunos historiadores fueron siete, y por cierto, ninguna de ellas se debió a la ira divina sino a consecutivos cambios climáticos que se abatieron durante un siglo sobre el país del Nilo. Lo malo es que tampoco se ponen de acuerdo en qué siglo se desarrollaron estos acontecimientos, ni tampoco cuál fue el soberano que mandó su poderoso ejército para frenar la Égida judía. Los Libros Sagrados, tanto el Antiguo Testamento como la Torá, insisten en las diez plagas para subrayar que el pueblo hebreo pudo huir de la insoportable esclavitud de los faraones gracias a la intervención de Dios padre, de Yahvé, que castigó la exacerbada idolatría de aquellos monumentos funerarios puestos en pie con mano de obra barata. Mano de obra barata es un decir: la esclavitud extranjera, y no los extraterrestres, fueron los que hicieron posible, con un coste de medio millón de víctimas, esa tan bella como delirante arquitectura de poder. Siete o diez plagas, da lo mismo, parece ser que no cesaron las catástrofes en Egipto hasta que se abrieron las aguas del Sinaí para que Moisés lograra pasar, seguido por los suyos, y fundara un reino que ahora se extiende hasta los Altos del Golán.

Estos días he recordado las plagas de Egipto al identificarme con la desesperación de los cuatrocientos marisqueros malagueños que sufren el paro al impedírseles faenar gracias a las elevadas toxinas que se encuentran en nuestros moluscos -conchas finas, coquinas, chirlas, bolos, almejas, búsanos, cañaíllas...- todos esenciales en la gastronomía de Málaga y reclamo fundamental de su turismo; es más, ¿puede uno imaginarse estar aquí en un agosto ferial sin acudir a La Casa del Guardia para saborear estas especies acorazadas?; estos bivalvos forman parte de una dieta exquisita, motor de una economía temporal que en los meses estivales llega a triplicar su venta, y lo que es óptimo para ese sector, su precio, lo que ahora se imposibilita en los caladeros donde las redes 'calan' poco, y menos aún los dichosos bivalvos, cuya captura se prohíbe al suministrar esas toxinas causantes de trastornos gastrointestinales que al feriante del centro le puede ocasionar una pestilente sombra letal: una riada de aguas mayores esparcidas del puente a la alameda, un incontenible 'irse de vientre', aparte de las añadidas flatulencias y otros célebres hedores que almacena la Historia.

Que viene la plaga. Desde unos años para acá, y por diversas circunstancias, nos vamos alejando de los dones que el espléndido mar nos ofrecía. Recuerdo aquellos chanquetes con huevos fritos -plato de Cardenal- que me zampaba en los chiringuitos de la Misericordia, mientras sonaba como música de fondo aquella fabulosa balada de Formula V: «Eva María se fue buscando el sol en la playa...»; no es que vaya a criticar ahora la medida de salvar a los 'pezqueñines', pero es que luego vino lo del parásito tóxico, el anisakis, que nos negó saborear otros peces. Y ahora esto. La verdad es que deseo con fervor que Moisés cruce el Sinaí y terminen las plagas.

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