Pilares sociales: sanidad y educación

Nuestro estatus de bienestar debe asentarse en esta realidad, aceptada por todos, olvidada por los gobiernos

La sociedad se sustenta en unos pilares que nadie duda son vitales para la concepción de nuestro estatus de bienestar. Dos de ellos son la educación y la sanidad. La Real Academia de la Lengua define «pilar» como: «Elemento estructural resistente... ...con función de soporte», y también: «Cosa que sostiene o en que se apoya algo». Es decir: Se trata de algo importante, que no debe ser tratado a la ligera, pues de lo contrario lo que soporta puede simplemente caer.

Dentro del ámbito de la educación, la diferencia entre docencia o aprendizaje (término éste más cercano), aparte de los avatares de batallas alternantes entre las consejerías/departamentos bisoños, se diferencian en el concepto primordial de la transmisión misma del conocimiento. En la docencia suele primar el interés del que enseña. En el aprendizaje, el del que aprende. Éste parece claramente más amigable.

De la importancia de ambos pilares (sanidad y enseñanza), nadie duda, pero si miramos cómo han sido tratados sus profesionales, nos debería dar una poco de vergüenza lo que ha ocurrido con ellos. Sobre todo con los maestros. No podemos permitir que una persona que inicia su trayectoria educativa (tu hijo o tu nieto, habitualmente) no sea asesorado y tutorizado por los mejores profesionales, al igual que nadie dejaría en manos de cualquiera la atención sanitaria de un ser querido.

No es de recibo que los médicos de familia deban atender a un número de enfermos tan exagerado en un tiempo récord, como si fuera competición atlética. Todo tiene su límite. Tampoco es normal la cantidad de enfermeras eventuales de los centros sanitarios. Una nación no puede abandonar la dignidad de educadores y sanitarios. En breve se prevé una dramática falta de personal en estos ámbitos y nadie parece darse cuenta. Es imprescindible un pacto social y político (este último en minúscula por méritos propios) que excluya de cualquier guerra partidista los planes educativos, así como las estrategias de asistencia sanitaria más allá de los años de turno de los sistemas electorales.

Necesitamos con urgencia buenos maestros y profesores para nuestros hijos. Además de cuidar al personal sanitario. Sin ellos, sin su reconocimiento social y pecuniario, no hay avance en la Educación y en Sanidad con mayúscula.

Ya en el campo de la práctica médica, cada día los sistemas diagnósticos son más complejos, sofisticados y caros. En Urología en breve no se hará una biopsia prostática sin una resonancia previa y las pruebas de imagen como los contrastes ecográficos o las técnicas híbridas de imagen tendrán un lugar destacado en el diagnóstico de las enfermedades.

Los tratamientos están cada vez más hechos a la medida de la enfermedad y paciente, pero con gastos progresivamente más elevados. El sida, mortal en los 80, sigue sin tener cura, pero puede ser tratado y se ha convertido en una enfermedad crónica. La esclerosis múltiple o la psoriasis han cambiado su pronóstico con el uso de fármacos biológicos. Cada vez más tumores incluso con metástasis, con expresión genética diferente, tienen tratamiento distinto con dianas terapéuticas más precisas y mucho más caras, con lo que su pronóstico mejora mucho.

La cirugía cada vez es menos invasiva. Apareció la laparoscopia y han entrado en escena los robots (mal llamados así, ya que no dejan de ser sofisticadas 'máquinas esclavas', no autómatas), que han conseguido un enorme avance en la precisión quirúrgica, pero también con un ostensible incremento del gasto por procedimiento. La serie es larga. Se necesitan más recursos para mantener el estándar de calidad mínimo necesario para nuestra sociedad.

El sistema aguanta a base del esfuerzo denodado de los profesionales, pero hay ya signos preocupantes de agotamiento. Es preciso incrementar y racionalizar el gasto sanitario, aplicar guías clínicas en todo el proceso (diagnóstico-tratamiento-seguimiento) sin olvidar el más caro de todos: la prevención. Es necesaria la utilización de las incipientes herramientas informáticas tipo 'big data' para la optimización de recursos, así como una simplificación de los sistemas (que dejados a su libre evolución tienden a la complejidad sin límite de recursos ni costos). En no pocos centros sanitarios no es infrecuente que los organigramas acaben de llenarse de personal con poca o nula utilidad clínica. La consigna de la simplificación se ha omitido en los sistemas de gestión.

Y, sin que sea un tópico hablar de ello, llegamos al capítulo pecuniario. Nadie pretende albergarse en un hotel de 4 estrellas a precio de una pensión. Si queremos tener buenos maestros que redunden en una mayor calidad educativa desde el inicio del proceso formativo de nuestros hijos, hemos de ofrecerles un sueldo digno, que haga que puedan vivir con holgura y puedan seguir formándose. Y si queremos seguir teniendo una medicina pública competente, debemos incrementar, mejorar y racionalizar su gasto. No sólo en la parte asistencial sino también en formación continuada, tema sensible donde los haya.

 

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