Petróleo, inflación y bancos centrales

A la espera de que los gobiernos de España e Italia aclaren sus políticas, los inversores miran los dosfocos de incertidumbre tradicional: las tensiones comerciales y la subida del crudo

ROSA DUCE
ROSA DUCEEconomista jefe de Deutsche Bank

Mayo se ha cerrado con bastante incertidumbre en los mercados. La amenaza comercial persiste, con vaivenes constantes, entre anuncios de nuevos aranceles a la vez que se habla de negociación, lo que confunde a los inversores. Además, los precios de la energía suben, la rentabilidad del bono americano sube, lo mismo hace el dólar, y los activos emergentes sufren por este factor, y también por problemas individuales en países como Argentina o Turquía. Por si esto fuera poco, a cierre de mes saltaba la crisis política en Italia, avivando los miedos a una ruptura del euro, y con ello, las primas de riesgo periféricas escalaban a niveles no vistos desde 2012.

Aunque en los últimos días parece que ha vuelto una cierta calma a la política europea, el escenario sigue siendo muy complejo, lo que augura un escenario de volatilidad durante los meses de verano. De nada parece servir el hecho de que la economía mundial crezca más que nunca y que los resultados empresariales se sitúan en niveles máximos de 10 años.

A la espera de que los nuevos gobiernos de España e Italia aclaren sus futuras políticas, los inversores miran ahora los dos focos de incertidumbre tradicionales en este año: las tensiones comerciales y la subida del crudo. En el primer aspecto, es cierto que parece existir una clara voluntad negociadora entre todas las partes, pero también lo es que hay mucha política en las negociaciones, pues no hay que olvidar que en noviembre hay elecciones en EE UU, y es muy probable que el presidente Trump incremente la retórica proteccionista de cara a las mismas. En cuanto al crudo, son varios los motivos que han impulsado su precio, tanto económicos como políticos. La aceleración del crecimiento mundial ha generado una mayor demanda de crudo, reduciendo el exceso de oferta acumulado en los últimos tres años. A este factor se han añadido la caída de la producción de crudo venezolano y angoleño, y la decisión de EEUU de no recertificar el tratado nuclear con Irán, que implicaría la potencial retirada del mercado del crudo iraní a partir de noviembre.

Los inversores miran con preocupación estas subidas energéticas, pendientes de sus efectos sobre la inflación y los bancos centrales. Hasta ahora, estos últimos han conseguido convencer de su intención de salir de la política de ultraexpansión monetaria de forma muy paulatina, pero los datos de inflación preliminares publicados la semana pasada correspondientes al mes de mayo muestran ya que en varios países, como España, se ha superado la barrera del 2%, algo que pesa especialmente sobre los activos de deuda. No hay que olvidar que antes de que surgiera la crisis política en Italia la rentabilidad del bono americano a 10 años había escalado hasta el 3,05%, muy cerca ya de nuestro objetivo a un año vista del 3,25% (su carácter de activo refugio ha permitido bajar dicha rentabilidad hasta el 2,9%). Rentabilidades por debajo del 3,25% son todavía aceptables para los inversores, de ahí que, con la excepción de algunos activos emergentes, apenas ha habido impacto en los mercados. El riesgo, no obstante, es que dicha rentabilidad se sitúe por encima del 3,5%, nivel que sí que podría poner en jaque a los inversores, y que se produciría si la inflación se disparara y la Fed actuara con mayor celeridad a lo esperado en su retirada de estímulos (máximo otras cuatro subidas de los tipos oficiales a un año vista).

José Ibarrola

Seguimos viendo improbable este escenario. Aunque se espera que la economía americana acelere su crecimiento en los próximos meses, y la tasa de paro baje incluso hasta el 3,5% (pleno empleo), las tensiones salariales siguen controladas, y parece que el potencial de subida del crudo es todavía limitado. No hay que olvidar el incremento continuo de la producción de petróleo desde EEUU, reflejo de la subida de los precios y de la postura más favorable de la Administración Trump a la producción de energía fósil, incluyendo la controvertida técnica del fracking. Los temores sobre la desaparición total del petróleo iraní de los mercados también parecen exagerados, teniendo en cuenta que se mantiene el acuerdo nuclear con el resto de países, que seguirían comprando crudo iraní, y que además es más que probable que EEUU flexibilice su postura de aquí a noviembre, ratificando de nuevo el acuerdo tras algunos cambios menores en el mismo.

En resumen, nos enfrentamos a un verano con varias nubes en el horizonte. A día de hoy, los riesgos son más hacia sobrecalentamiento económico y tensiones inflacionistas que a recesión, y esto, a priori, es una mala noticia para los bonos. Las amenazas comerciales van a persistir, y también las dudas políticas en Europa. Todo ello puede generar momentos de volatilidad durante el verano. No obstante, confiemos en la salud de la economía mundial, y sobre todo, en la actuación de los bancos centrales, que recordemos que nunca nos han defraudado en estos últimos años.

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