Mil pesetas por un café

Incluso en los 'cíber' se sirven los cafés a una temperatura homicida

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

En algún momento pareció una buena idea. Estoy en un cibercafé y pienso que la propia palabra ya responde a un término que ha quedado antiguo y solamente su prefijo, 'cíber', suena tan viejo como el futuro de 'Blade Runner'. Cibercafé, una palabra que ni siquiera le ha dado tiempo a la RAE a añadirla tal cual al diccionario. Poca gente la utiliza porque ahora es raro que un local cualquiera se defina en exclusiva por tener wifi. Lo tienen los quioscos, las tiendas de variedades, los restaurantes, las vinotecas. Alguna mercería. En Málaga por ejemplo los autobuses tienen wifi; el Ayuntamiento apoquinó en su momento una multa tremenda, de 300.000 euros, por no registrar la red Biznaga y por competencia desleal, amparados en el supuesto de que el acceso a Internet debería ser un servicio público esencial, como lo es la televisión. Resulta curioso que, si hay wifi también en casi todas partes, exista gente a la que todavía le plazca ir a una cafetería con Internet a rodearse de personas solas y escuchar, como es mi caso en este momento, una música bastante deprimente matizada por el ritmo irregular que emiten las teclas al pulsarse. Ni siquiera es un Starbucks, cadena de cafeterías con fama de venderte caldos a precio de oro y de ser el prototipo de la gentrificación por abrir franquicias donde antes estaban librerías, tiendas de discos, mercerías sin wifi, bares de la esquina, tiendas de vaporizadores que tuvieron su prestigio antes de que cundiera la sospecha de que los cigarros electrónicos podrían llegar a matar tanto como el tabaco. Ahora, allí hay Starbucks, tiendas de souvenirs o un número indecente de heladerías y absurdas tiendas de yogures del color de la piruleta.

Estoy en un recóndito 'cíber' de una ciudad automática escuchando música para cortarse las venas junto a mi café de siete dólares, servido por supuesto a esa temperatura homicida a la que suelen servirse los cafés o las infusiones. Nuestros mayores se echarían las manos a la cabeza: mil pesetas por un café. Aquí habría que añadir, en un intento de descarga a los propietarios de este preciso establecimiento 'trendy', que los clientes se piden su cafelito y se quedan delante del ordenador toda la tarde. No sería justo que ese café fuera barato. Tampoco parece apropiado que a estas alturas de la vida pasemos de euros a pesetas, porque nos volveríamos locos. En mi caso llevo aquí más de una hora y el café me da apuro terminármelo. Me debato en silencio si pedirme una cerveza, pero tampoco sé si tienen. Ayer me ofrecieron una cerveza de mantequilla. Si me pidiera otro mitad doble, coquetearía con la temeridad de no pegar ojo en toda la noche y despertarme tarde para vivir un 11 de septiembre en Manhattan que seguro que será triste, rabioso, quizá temerario para los ojos de cualquier madre que también consideraría materia de postureo el precio de este café con wifi y una música tristísima que no se puede dejar de escuchar.

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