Perderlo todo

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

No solo enero, con su resaca de cenas navideñas y reencuentros más o menos deseados, abraza la sensación explosiva que genera cualquier inicio, el sabor dulce pero ilusorio de la novedad. También septiembre ofrece una oportunidad para poner el marcador a cero. Puede ser un buen momento para detenernos y pasar por la planta de reciclaje, incluso para poner tierra de por medio, que no siempre significa marcharse lejos. Estamos entrenados para ganar, pero nunca nos enseñaron cómo gestionar el fracaso. Escribe Fernando Luis Chivite que todos deberíamos estar en contacto con nuestra propia oscuridad, dispuestos a perderlo todo en el minuto siguiente, y recuerdo una canción de Xoel López: «Podría pasar: / perderlo todo, / volver a empezar. / Y no estaría mal».

A veces lo que se pierde resulta inabarcable y no hay forma de achicar el agua hasta hacerla desaparecer por el sumidero. Hay pérdidas que ni siquiera tienen nombre, como si las palabras no alcanzaran para describir el dolor. María del Carmen, una médica de Fuengirola, se ha rebelado contra la norma inhumana que la obliga a reincorporarse al trabajo apenas unas horas después de enterrar a su hijo. «¿Dónde está publicado que el duelo de una madre dure tres días?», pregunta en una carta que debería atravesar el corazón de las administraciones públicas, si lo tuvieran. También Chantal Maillard cruzó ese agujero negro y cuestionó en 'La mujer de pie' nuestra extraña forma de convivir con la muerte: «Llorar en los tiempos pautados no resulta molesto para los demás: es lo que se hace, lo que conviene, todos lo 'entienden'. Y es cierto que lo entienden, pero entender no es comprender. Comprender es asentir al abismo. Con otro. Comprender es un ejercicio de compasión».

Hay quienes hasta sienten la necesidad, el impulso soberbio de dictar qué sentir o qué reclamar a quienes lo han perdido todo. No satisfechos con formar un grupo de música insufrible pero recurrente por su bajo caché, Andy y Lucas han arremetido contra los padres de Gabriel, el niño asesinado en Almería, por pedir que no utilizaran la imagen de su hijo para apoyar la campaña política capitalizada por el PP que solicita la prisión permanente revisable, eufemismo utilizado para evitar decir «cadena perpetua». Como ni siquiera en el modo de llevar el dolor somos capaces de ponernos de acuerdo, los padres de otros niños asesinados ya se han posicionado del lado de Andy y Lucas y el asunto ha adquirido forma de competición macabra: a ver a quién ha sufrido más. Cualquier reacción ante un hecho así, el asesinato de un hijo, me parece entendible, desde volverse loco hasta dedicar el resto de tu vida a exigir venganza, pero quienes se creen defensores únicos de las víctimas olvidan que la decisión de los padres de Gabriel, aún en pleno duelo, resulta igual de legítima. Aunque no encaje en su relato.

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