Pequeño muro de la vergüenza

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Ángel Idígoras ha dejado en blanco la pared que apenas dos semanas atrás había dignificado con su pintura. El muro de los besos pasa a ser el muro de la vergüenza. Alguien envuelto en la bandera del feminismo vino a afear la idea de Idígoras y los versos de Vicente Aleixandre. Lo políticamente correcto se vestía de lo que es: un pensamiento retrógrado y ejecutor de una censura que hunde sus raíces en los movimientos más reaccionarios que en estos tiempos galopan por el mundo dejando a Atila y a su caballo a la altura de un muchacho travieso. Atila era un bárbaro. Los que practican este tipo de censura son unos sibilinos representantes de la Nueva Inquisición. Actúan por el bien de la humanidad y la limpieza del espíritu. Por una justicia divina travestida de progresía y conquista social.

Acusar a Idígoras de machista, aunque sea en categoría de colaborador -como aquellos franceses que fueron fusilados tras la liberación de los nazis o las francesas rapadas y apaleadas por haberse relacionado con los ocupantes-, es una bajeza y una mezquindad. Hacer lo mismo con Aleixandre además es el resultado de una ignorancia insultante. No se sabe hasta dónde va a llegar esa depuración que además, como se ha visto en el caso del viejo premio Nobel, tiene un carácter retroactivo y revisionista. La pureza de sangre de este magnífico dibujante que es Idígoras debe ser demostrada. Si es propenso a leer dudosos versos que se apartan del código debe ser tachado al menos de sospechoso y colocado en la lista negra de quienes ofenden a la mujer y de un modo subrepticio justifican el machismo más funesto.

La ceremonia de la confusión. Los buenos cristianos que usaban la hoguera para predicar la hermandad entre los hombres. De qué nos vale hacer declaraciones en contra del machismo, dibujar, escribir, gritar nuestra repulsa contra esos individuos que del modo que sea vulneran los derechos de la mujer si por cualquier esquina aparece esta especie de policía religiosa y fanática, analfabeta, para ponerte la estrella amarilla en el pecho. Angel Idígoras, como cualquier ciudadano civilizado, no importa qué genéro tenga, está a favor de la igualdad entre los sexos, de que la mujer conquiste unos derechos que esta civilización surgida de las cavernas le ha negado históricamente. Ha dejado constancia de ello en muchas de sus geniales viñetas. Pero aunque no lo hubiera hecho expresamente, que lo ha hecho, bastaría con observar su línea argumental, la comprensión del género humano que se desprende de sus entrañables monigotes, para saber que quien traza esas líneas no puede ser un retrógrado ni un intransigente. Solo hay que leer medio poema de Vicente Aleixandre para captar la misma impresión. Pero, claro, para eso hay que observar, leer. Realizar ese esfuerzo titánico. Mejor dejarse llevar por el arrebato, por el toque de corneta y el exabrupto. Es una pena, pero la ciudad del paraíso sigue teniendo esquinas que huelen al azufre de los más oscuros infiernos.

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