Un río de pena

José Miguel Aguilar
JOSÉ MIGUEL AGUILAR

Sin Consuelo en la Archicofradía de la Sangre, con Esperanza en el barrio de El Perchel. El cielo de Málaga derramó lágrimas que se confundían con la aflicción de miles de cofrades en una madrugada distinta tras una tarde vacía. Llantos de desesperación por una parte de la Semana Santa perdida a causa de la lluvia, la enemiga de aquellos cuya devoción se traslada a la calle un día al año. Rostros desencajados a pie de trono, ropaje mojado a causa de la emoción aun sin los chubascos que aparecerían cuando ya era Jueves Santo. No hay techo que cubra la pesadumbre. Siempre igual, siempre distinto. Mucho trabajo tirado por la borda por mor del cruel destino que no entiende de plegarias, ni de sentimientos que no se comprenden si no se quiere. Cómo explicar la tristeza de un niño ante su Virgen o su Cristo en una casa hermandad abarrotada de desolación. Cómo llegar al hogar derrotado por los acontecimientos muchas horas antes de lo previsto. Madrugadas confundidas por las nubes que espurrean chaparrones que ensucian todo, hasta las buenas intenciones en medio de la confusión. Miércoles Santo atípico con túnicas al hombro, capirotes en formación de descanso y ojos perdidos en el limbo de la sequía litúrgica de procesiones que alimentan la fe. Miradas hacia el infinito entre explicaciones fatuas que no convencen ni a los más incrédulos. Hay motivos que la razón no entiende, para qué profundizar si jamás se llega a comprender. Fue un miércoles premonitorio con el fallecimiento por la mañana de Manuel Alcántara, de sinsabores por la tarde y de frustraciones nocturnas. No pudo Juanma Moreno cumplir con su deseo de llevar sobre sus hombros al Cristo de la Exaltación en lo que hubiera sido una imagen histórica del primer presidente de la Junta procesionando por las calles de Málaga. Ahí está la instantánea de su abrazo a una desconsolada Ester Requena, nada más tomar la decisión más dura posible, fusionados en la tribulación común. Unos metros más adelante no se podría cruzar por Carretería, pues toda Málaga quería encontrarse con su Paloma, que tampoco pudo alzar el vuelo en este miércoles de contrastes; y qué decir de Daniel, Jesús, Miguel, Fernando, Iván y Jose, refugiados en una cafetería para mitigar la pena de no acarrear a su Virgen de Consolación y Lágrimas. Dos Aceras no era una calle, tornó en río de pena contenida simbolizada en esa niña de pelos rizados que no podía contener tanta congoja. No había consuelo posible. Ni Expiración.