PELAGIA NOCTILUCA COMO ANIMAL DE COMPAÑÍA

FRANCISCO MOYANO

La gran noticia del verano no ha sido la firma del convenio de hostelería, publicado en el Boletín Oficial de la Provincia con carácter retroactivo, tras un larguísimo proceso en el que poner medianamente de acuerdo a patronal y sindicatos costó Dios y ayuda además de la siempre alargada sombra de la huelga. El paro del taxi tampoco ha sido el motivo principal de las conversaciones de estío; ni la ola de calor que, al menos en Marbella, no fue tanto como se esperaba. Igualmente no ha alcanzado el carácter hegemónico en el interés mediático y popular la extraordinaria concentración de cada verano de las mil y una galas solidarias que solucionan el resto del año con las recaudaciones estivales. Incluso el festival Starlite (asentado en la cantera de Nagüeles y olvidándose en la publicidad televisiva de mencionar el nombre de Marbella) no puede considerarse el centro de atención, con una extraordinaria programación que mantiene el nivel de otros años. Lo que verdaderamente ha sido la charla de calle, del bar, del ascensor y de las tertulias radiofónicas, lleva el nombre científico (por tanto, para gente versada en la materia) de 'pelagia noctiluca' y que es una especie de medusa que este verano ha invadido masivamente nuestra costa con una persistencia tan acusada que su presencia ha merecido la consideración de auténtica invasión. En mi infancia, estos animales marinos, que, en plena Dictadura, también nos visitaban y picaban, no las conocíamos como medusas sino con la denominación de 'agua viva'; en otros lugares se les llamaba 'agua mala' o 'malaguas'. Animal cargado de tintes mitológicos, con una proyección en la inspiración poética que algunos asistentes a Marpoética pusieron de manifiesto. Nadie lo ha reivindicado oficialmente, pero lo mismo debemos ir pensando en considerar a este bicho tan molesto como animal de compañía. Pocas veces nos hemos acordado tanto en los medios de comunicación como este verano, del Aula del Mar de Málaga. Jesús Bellido, uno de los biólogos, ha proporcionado la exégesis referente a las medusas para la opinión pública ávida de información. El asunto es complejo y en la venida masiva y permanencia concurren diversos factores que oscilan entre lo meramente climatológico ( ¿cambio climático?) y meteorológico, hasta las bárbaras actuaciones humanas sobre el medio marino. Tener las playas infestadas de medusas no ha dejado a nadie en la indiferencia; es indudable el perjuicio que significa para el turismo. Son miles los visitantes que por esta presencia tan incómoda han visto arruinadas las previsiones de disfrutar de la playa. Aunque rara vez una picadura de medusa reviste gravedad, lo cierto es que la mayoría de los bañistas no son aficionados al masoquismo. A los especialistas, caso del Aula del Mar, este repunte extraordinario de medusas no les cogió por sorpresa porque lo esperaban, pero sí es cierto que admiten que no esperaban en ningún momento una permanencia tan prolongada. Las opiniones han proliferado y las sugerencias para proporcionar una visión positiva del asunto: no ha faltado quien sugiera investigar para darles un posible uso gastronómico; habrá que hablar con Dani García a ver qué puede hacer. El alcalde de Málaga apuntaba hacia la cosmética; quién sabe si puede ser el origen de una industria. Como no podía ser de otra manera, no han faltado los municipios, donde la cuestión de las medusas ha llegado a la arena política: equipos de gobierno que aseguran haber hecho todo lo posible para mitigar la plaga y oposiciones que poco menos que responsabilizan al concejal del ramo de tan inoportuna presencia. Pareciera que hay medusas de izquierda y de derecha; no se sabe cuáles producen las picaduras que más escuecen. En el caso de Marbella, con un verano sin moción de censura que llevarse a la boca, buenas son medusas que agiten el debate. Claro, en esta crisis no cabe actuar mediante decreto ley ni en los parajes del mar cabe delimitar las lindes históricas sobre qué corresponde a las medusas y qué pertenece a los bañistas. Menos mal que nuestra medusa genuina y pletórica de prestigio, la de la Villa Romana de Río Verde, ha sido felizmente restaurada por la empresa Menia Restauración, paliando el expolio de hace unos años. La misma empresa que ha saneado en San Pedro Alcántara la Mujer Pájaro, de Vicente de Espona, y la escultura del Santo Patrón. No queremos 'aguavivas', aunque vengan camufladas con el sofisticado nombre de 'pelagia noctiluca'.

 

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