Pedro Lincoln Sánchez

José Antonio Trujillo
JOSÉ ANTONIO TRUJILLOMálaga

La democracia española está en deuda con Pedro Sánchez. ¿O puede que no? Lo suyo duró, lo que duran dos peces de hielo, en un güisqui en el Falcon. En vez de fingir, le dio por reír y nos dejó con la miel en los labios y escarcha en el pelo. Tenía razón, sus amantes ministros, en eso de que, antes, el malo era él. Con una excepción, esta vez, él fingió querernos, y nosotros no. Así que se fue, y nos dejó el corazón en los huesos, y nosotros sin sus presupuestos. Desde el coche oficial y haciendo un exceso, nos tiró dos besos, uno por mejilla, e hizo regresar al PSOE de Zapatero, a su maldición. Nosotros nos quedamos pagando las cuentas, de políticos sin alma, que perdieron la calma. Porque han sido más de diecinueve días y menos de quinientas noches.

Nuestro Pedro Lincoln Sánchez hizo una declaración solemne sin barba en Moncloa. Quiso emular al líder americano y nos quiso recordar que gracias a él España encontró la definición de la palabra libertad. Para desgracia suya nos quedamos con lo relevante de su discurso: nos convoca a las urnas para el próximo mes de abril. Su legislatura ha sido un rotundo fracaso.

Es verdad que ningún hombre tiene suficiente buena memoria como para ser un político exitoso. Sus nueve meses de legislatura llegan a término con un balance tan pobre que nos vemos obligados a recordar. Comenzó con la primera promesa incumplida. No convocó elecciones de forma inmediata como fue su compromiso inicial en la moción de censura. Esa primera decisión de no sentirse comprometido con nada de lo previamente anunciado en su carrera política puede resumirse en el aforismo castizo de prometer hasta vencer, y una vez vencido, nada de lo prometido. Conformó seguidamente un Ejecutivo mediático, que ha sido una gran decepción. Si nos preguntan por muchos de los ministros estrella ni conocemos ya sus nombres. Posteriormente cultivó la exaltación de su figura, mostrándonos al Kennedy que creía llevar dentro. Apostó por 'Roja María Mateos' para hacer la mayor purga que se recuerda en RTVE, contribuyendo a obtener los peores datos de audiencia de su historia. Recurrió a Franco, para reavivar un debate guerracivilista superado por los herederos de la Transición. Su agenda internacional se redujo a sus decenas de viajes por el mundo. Su alianza con Iglesias representó una caricatura de lo que fue el Frente Popular. Pero lo que definitivamente acabó con su política de ficción, no fue la no aprobación de sus fulleros Presupuestos, sino el alto peaje de Pedralbes, cediendo ante los veintiún puntos de la vergüenza del secesionismo catalán.

Muy a su pesar, y por mucho que haya querido emular su Ivan Redondo los discursos de Lincoln, finalmente será recordado como Pedro Sánchez 'el breve'.