Pasión por el conocimiento

Una sociedad formada o informada científicamente tendrá mayor capacidad para decidir con criterio sobre su futuro

RICARDO DÍEZ MUIÑO / INVESTIGADOR

Nací en el país del Bidasoa. Por eso vuelvo siempre a Baroja. Aun con sus contradicciones intelectuales y morales, la humanidad que rezuman sus textos me atrapa. En 'El árbol de la ciencia' hay una conversación entre el protagonista, el estudiante de medicina Andrés Hurtado, y su tío, el doctor Iturrioz, en la que este último, vitalista y escéptico respecto al papel de la ciencia en la sociedad, le pregunta sarcástico a Andrés: «¿Tú crees que vamos a aprovechar las verdades astronómicas alguna vez?». Y Andrés no duda en contestarle: «Las hemos aprovechado ya. En el concepto del mundo».

Los avances científico-tecnológicos del último siglo han transformado radicalmente nuestra vida diaria, nuestro acceso a la información, la relación con nuestros semejantes, nuestra salud, trabajo y ocio. La tecnología nos ha proporcionado herramientas para mantener una vida más larga, más cómoda y más plena. Los indicadores que miden el desarrollo sanitario, la educación o los niveles de pobreza en el mundo muestran que el progreso en las últimas décadas ha sido espectacular. Queda mucho por hacer y nos enfrentamos a retos serios, como la sostenibilidad de nuestro entorno natural o un reparto equilibrado de conocimiento y recursos en todos los continentes, pero no vamos por mal camino.

Pero además la ciencia ha cambiado, como dice Andrés Hurtado, nuestro concepto del mundo y del ser humano. Sabemos que la Tierra es un planeta que gira alrededor de una estrella, que no es sino una más entre los cientos de miles de millones de estrellas de una galaxia, que a su vez no es sino una más entre los cientos de miles de millones de galaxias del Universo observable. Sabemos que la materia conocida está hecha de átomos, de los que tan solo hay una centena diferentes, y que de sus innumerables combinaciones surgen fenómenos fascinantes como la vida, de la misma manera que las novelas de Baroja están construidas a partir de solo 27 letras distintas y surge de ellas literatura. Sabemos que las especies animales están en constante evolución, que en el Cretácico hace 100 millones de años había dinosaurios pero no homínidos y que los primeros Homo Sapiens vivieron hace unos 350.000 años. Todo este conocimiento ha podido generar o no aplicaciones prácticas, pero lo que seguro que ha generado es una nueva cosmovisión, una percepción distinta del lugar que ocupa el ser humano en la historia y en el universo, en el tiempo y en el espacio.

Tendremos que tomar decisiones muy complejas sobre las sociedades que queremos construir

El avance en el conocimiento científico está intrínsecamente ligado al desarrollo de la cultura. La ciencia es una parte esencial de la historia de las ideas y ha impulsado o condicionado la creación de corrientes artísticas y escuelas filosóficas. La transición entre el siglo XIX y el XX, el momento histórico en que por una parte se supera la física clásica con la aparición de la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad y, por otra, se empiezan a expandir tecnologías asociadas a descubrimientos científicos, es un claro ejemplo de la íntima relación entre arte, filosofía y ciencia, con la aparición de las vanguardias artísticas europeas, el positivismo o el existencialismo.

Hemos aprendido mucho, pero nos queda muchísimo más por aprender. Cuando era un joven aprendiz de físico (ahora ya soy un viejo aprendiz de físico) un profesor universitario utilizó una preciosa metáfora para hablarnos del conocimiento y la ignorancia. Decía que el conocimiento es como un globo que se hincha progresivamente y adquiere cada vez más volumen. La ignorancia es la superficie de este globo, el contacto con su espacio exterior, y aumenta también progresivamente.

Nuestro globo ha crecido mucho y su superficie también. En las próximas décadas es muy probable que veamos avances espectaculares en campos muy diversos, con profundas implicaciones éticas y sociales. Las nuevas herramientas de edición genética, las tijeras moleculares del CRISPR (familias de secuencias de ADN en bacterias) pueden dar lugar a terapias médicas innovadoras y erradicar multitud de enfermedades congénitas, pero también pueden servir para diseñar la información genética que queremos que porten nuestros hijos e hijas y quizás para aumentar significativamente la longevidad del ser humano. Los avances en el conocimiento del funcionamiento cerebral y la actividad neuronal nos permitirán tratar y curar variados trastornos mentales, pero también quizás controlar externamente pensamientos y emociones.

Estos y otros avances todavía insospechados mejorarán muy probablemente nuestras condiciones de vida, pero nos exigirán repensar el propio concepto de ser humano. Ya decía Baroja que «para el hombre inteligente es muy difícil, casi imposible, no intentar darse a sí mismo una explicación del universo y de la vida». Tendremos que tomar decisiones muy complejas sobre las sociedades que queremos construir. No es una tarea de científicos o científicas, sino de todos y todas. Una sociedad formada e informada científicamente tendrá mayor capacidad para decidir con criterio sobre su futuro y, además, podrá disfrutar con mayor entusiasmo de la sorpresa por un nuevo descubrimiento, de la emoción por un misterio desvelado, en suma, de la pasión por el conocimiento.