Un partido por votante

FRANCISCO APAOLAZA

Podemos le dio al miércoles por la tarde algo de final de verano de adolescencia. Recuerdo con agotamiento aquellas conversaciones de septiembre sobre la lealtad. Qué pelmada. Un castigo. A Sísifo, que era astuto y avaricioso, le dieron una piedra por condena. A cambio de no matarlo, le obligaron a empujar la piedra hasta lo alto de una montaña. Cuando llegaba arriba, la piedra volvía a rodar hasta abajo y tenía que volver a empezar por los tiempos de los tiempos. En Podemos no sé si se ha empujado tanto, pero han tenido que lidiar con Pablo, Irene, Tania, Íñigo, Ramón, Carolina y Manuela y Ada, allá en la distancia de Barrio Sésamo. En Podemos creían elegir entre Gramsci y Laclau y entre los conceptos flotantes contrapuestos y el núcleo irradiador y en realidad el partido era un dilema entre tú y yo. Ha pasado tanto tiempo que parece una eternidad. Todos parecíamos otros en aquella primavera de fuego de Madrid cuando rodeaban el congreso de sí mismos. Recuerdo aquella noche de gasolina y el rostro de una chica en Neptuno entre las cargas y las pedradas. A su lado pasó una sombra de la UIP quebrando el aire como una espada azul. Ella me miró y vomitó. Apuesto a que ya ha terminado la carrera.

Cinco años. Íñigo aún se compra las chaquetas en la planta junior de los grandes almacenes y planea en círculos sobre la primavera del centro político. Manuela dice de él que es el yerno perfecto y a él le encantan sus magdalenas y el 'confort food' demócrata. Iglesias teme que la pareja le saque al PSOE las empanadillas de la izquierda amable. No quiere que le adelanten por el centro, que parece una maniobra imposible, pero no. A mí me lo acaba de hacer un tipo en la M40. La cocina de la casa de Carmena es el régimen del 78. Mientras tanto, en Galapagar, al contraluz del último atardecer de enero en la Sierra de Madrid, sobre la linde de las encinas tan verdes, Pablo e Irene sellan el tarro de las esencias de la nueva izquierda con el tapón de la gasolina del cortacésped.

Errejón no ha acudido al consejo nacional ciudadano pero va a verlo por la tele en un bar con unos colegas. Los alquimistas de la izquierda, atomizada de nuevo, buscan acomodo para todo su electorado. Va a probar un nuevo antídoto para la abstención: un partido por votante.