Una parálisis nada inofensiva

España empieza a acusar las consecuencias de la incapacidad de sus cuadros políticos

No se atisba indicio alguno de que los partidos políticos que tendrían obligación de entenderse para formar una mayoría política de gobierno estén por la labor. La falta de sintonía entre el PSOE y Unidas Podemos, las dos organizaciones de izquierdas cuya suma podría aspirar a ser el basamento de un poder ejecutivo estable, ya ha provocado el primer fracaso de la investidura del líder socialista, Pedro Sánchez, y todo indica que persisten las diferencias, sobre todo procesales, que frustraron aquel primer intento. Iglesias sigue exigiendo que Unidas Podemos participe en una coalición de gobierno y Sánchez tan sólo está dispuesto a firmar con Iglesias un pacto de programa, semejante al modelo portugués (en Lisboa, gobierna el PS en minoría, con apoyo de los populistas del Bloco, de los comunistas y los verdes). Los socialistas aducen también ciertas discrepancias ideológicas -como la distinta visión del conflicto catalán-, pero no parece que estas sean las razones principales del irresoluble desentendimiento. Lo inquietante es que quienes deberían resolver el bloqueo no se muestran preocupados por la situación. Este país empieza a acusar de forma dramática las consecuencias de la incapacidad de sus cuadros políticos. El hecho de no disponer desde hace tiempo de unos Presupuestos Generales del Estado actualizados nos impide afrontar la coyuntura con la debida puntualidad y genera disfunciones como los déficit de financiación de las comunidades autónomas, el desequilibrio de la Seguridad Social o la no adopción de previsiones que deberíamos estar haciendo para encarar una ralentización y actuar contra ella. Además, la parálisis parlamentaria impide renovar los órganos constitucionales -desde el Consejo del Poder Judicial hasta el Defensor del Pueblo-, actualizar la LOFCA... Modernizar, en definitiva, el país en todos los sentidos. Queda menos de un mes para el acuerdo, o de lo contrario habrá elecciones el 10 de noviembre. Y habremos perdido también la segunda mitad del año. La irritación de la ciudadanía postergada será inevitable, y no resultaría extraño que el electorado, ante tanta apatía de la clase política, decidiera alejarse de ella.