Un paralelismo inquietante
Son ya demasiadas coincidencias con lo acontecido en 1939 para no inquietarse, especialmente en lo concerniente a la ausencia de diplomacia y a la ola de belicismo
DIEGO NÚÑEZ. CATEDRÁTICO JUBILADO DE FILOSOFÍA
Martes, 18 de noviembre 2025, 01:00
Llevamos un año muy pródigo en celebraciones a propósito del 80 aniversario de la finalización de la II Guerra Mundial. Mas por desgracia tales celebraciones ... están montadas sobre un relato oficial, que no concuerda en la mayoría de las ocasiones con lo ocurrido realmente. Los griegos distinguían muy certeramente entre doxa (mera opinión) y episteme (verdadero conocimiento). Nos han vendido una serie de narraciones, que no pasan de ser puras opiniones o informaciones interesadas, sin una clara base científica. Se nos ha dado una versión torticera sobre el origen y desarrollo de la II Gran Guerra, incluso acerca del final del propio Hitler, con la historia de su suicidio en el búnker berlinés, cuando hay ya sobrada documentación en torno a su huida a América del Sur junto a otros jerarcas nazis al terminar la guerra. A menudo me viene a la mente el adagio latino 'mundus vult decipi' (el mundo quiere ser engañado) de cara a entender la receptividad acrítica de mucha gente.
En las últimas décadas se han desclasificado numerosos documentos, que vienen a corroborar lo que algunos historiadores habían ya perfilado. El pionero de la revisión del relato oficial fue el famoso historiador inglés A. J. P. Taylor con su obra 'The Origins of the Second World War', 1961 (Los orígenes de la II Guerra Mundial). Taylor es un ejemplo superlativo de esa admirable historiografía británica, que rechaza las opiniones personales y nunca va más allá del documento. Esta línea interpretativa, eminentemente empírica, abrió el camino para otras obras posteriores. Una de las más interesantes fue la del general e historiador alemán Gerd Schultze-Rhonhof, 1939. Der Krieg, der viele Väter hatte (1939. La guerra que tuvo muchos padres), 2003, de título bien significativo.
En cuanto al origen de la II Gran Guerra, tenemos ya datos muy reveladores. Hay un consenso en esta corriente historiográfica respecto a que un factor determinante fue la ausencia y en algunos casos el fracaso de la gestión diplomática. El escenario era el siguiente: las élites financieras anglosajonas habían estado ayudando a Hitler durante los años 30. No estaban equivocadas en considerar que el verdadero enemigo de sus intereses no era el régimen nazi, sino la Rusia soviética. Alemania pudo levantar cabeza económicamente tras el nefasto Tratado de Versalles de 1918, a la par que se aplicó con denuedo a rearmarse gracias a estas inyecciones financieras. La esperanza de estas élites estribaba en que Hitler hiciera el enojoso trabajo de liquidar al Régimen soviético. Como podemos ver, prevalece en esta actitud un criterio socio-económico de índole capitalista sobre cualquiera otra consideración. Pero estas expectativas se frustraron de pronto con el Pacto de No Agresión entre Alemania y la Unión Soviética, firmado por Ribbentrop y Mólotov el 23 de agosto de 1939.
Entrando ya directamente en la génesis de la guerra, hay que decir que en realidad Hitler no quería iniciarla en 1939. Un grupo de científicos alemanes -los mismos que emigraron luego a Estados Unidos- le habían prometido que en pocos años estarían en condiciones de crear 'un arma de gran poder destructivo': ésta es la expresión que viene en los documentos. No se hablaba aún de bomba atómica. Para Hitler, lo prioritario en 1939 era resolver el problema del Corredor Polaco y de la ciudad de Danzig, donde el 80% de la población era alemana y se encontraba vejada por los polacos. Tanto en 1938 como en 1939, la diplomacia alemana hizo numerosos intentos de solucionar el conflicto por una vía pacífica, mas los británicos -siempre los británicos- empujaron al Gobierno polaco a que resistiera a toda costa las presiones alemanas. En vista de lo cual, Hitler decidió la invasión de Polonia en la creencia errónea de que Gran Bretaña y Francia no se iban a mover. Hay que recordar que ambas potencias le habían consentido la anexión de los Sudetes en la Conferencia de Munich de septiembre de 1938.
El papel de Polonia entonces nos remite a lo que está pasando en los últimos años. Polonia tuvo un pasado glorioso a finales de la Edad Media y en los siglos siglos XVI y XVII, mas la Polonia actual es un país inventado por los británicos en el Tratado de Versalles con el propósito de introducir una cuña hostil entre Alemania y Rusia. Gran Bretaña sabía muy bien lo que hacía, hasta el punto de que el mismo Winston Churchill, en el primer tomo de sus Memorias, llama a Polonia «la hiena de Europa». No hay tema en el que no trate de demostrar que es la más dura con Rusia. Ahora, junto con los bálticos y algunos escandinavos -¡vaya tropa, como decía el conde de Romanones!-, no cesa de fomentar conflictos y de proyectar en Europa un contumaz belicismo. Para colmo, el Reino Unido no cesa de halagar a los polacos con la idea de un frente común Londres-Varsovia-Kiev con afanes de protagonismo europeo; mas ya sabemos cómo se las gastan los británicos. Cuando la guerra de Irak, ante la negativa del eje nórdico París-Berlín a participar en la contienda, los anglosajones camelaron a Aznar para formar un eje sur, y aquello acabó para España en un trágico rosario de la aurora, esto es, en el 11-M. Y después, si te vi, no me acuerdo.
Cuando se acude a las hemerotecas, se encuentra uno con un clima prebélico en los años 30 del siglo pasado dentro de la población europea. Siempre me he preguntado cómo se llegó a este extremo. Ahora, viendo la situación actual, no necesito hacerme más esta pregunta. En definitiva, son ya demasiadas coincidencias con lo acontecido en 1939 para no inquietarse, especialmente en lo concerniente a la ausencia de diplomacia y a la ola de belicismo que estamos viviendo.
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