Papel mojado

DIEGO CARCEDO

La amenaza de la inflación, una amenaza que persigue desde antiguo a las economías públicas, ha sido siempre un problema para los gobiernos e instituciones financieras. La tesis más generalizada entre los expertos es que cuando se desborda ya es muy difícil detenerla. Hay muchos casos en el mundo de inflaciones desatadas. La penúltima de que tenemos información es la que en Zimbabue sumió en la miseria a millones de personas, pero ofreció como compensación llevarse por delante la dictadura poco menos que perpetua del 'caudillejo' Robert Mugaba.

Ha habido muchos casos de inflación incontrolable en todo el mundo, desde la Alemania de Weimar o Hungría en 1945, hasta los más recientes de Taiwan, Armenia o Perú, por elegir tres al azar. El continente más proclive a caer en el pozo sin fondo de la inflación imparable es Latinoamérica. Recuerdo mi etapa de corresponsal en Buenos Aires en que el cambio aumentaba desde la mañana a la tarde y en los centros comerciales aprovechaban el paréntesis del almuerzo para cambiar las etiquetas de los productos por los nuevos precios que cada hora iban alcanzando. La mayor parte de los ensayos monetarios para frenarla se volvían inútiles. Algunos gobiernos como los de Ecuador o El Salvador han optado por renunciar a tener moneda propia y reemplazarla por el dólar.

Esta medida tiene la ventaja de que el dólar no se devalúa, pero impide a los gobiernos ejecutar cualquier medida monetaria. Estos días es el presidente venezolano Nicolás Maduro el que ha asombrado al mundo con una iniciativa memorable, si no para frenar la hiperinflación que sufre el bolívar, la moneda nacional, sí para facilitar al usuario el manejo de los billetes de banco, que en su valor actual apenas tienen carácter de papel mojado. Venezuela con Maduro al frente está cerca de conseguir el poco deseable récord de la hiperinflación más elevada desde que existe el dinero: ya ha superado el millón por ciento. Para comprar una barra de pan hace falta el salario mínimo de dos meses. Un negocio paralelo ahora es comprar en el mercado negro billetes de banco para revenderlos a quienes los necesitan para poder hacer frente a gastos cotidianos que no entran en los mínimos aceptados por las tarjetas de crédito.

Los billetes de curso legal han venido pasando de los 500 bolívares hasta los 20.000, cada vez se van quedado más pequeños e incluso la fábrica de la moneda empieza a tener dificultades para conseguir el papel necesario para hacer las nuevas emisiones. La solución bolivariana es más sencilla de lo que parece: se limita a quitarles a los billetes cinco ceros; es decir, dejar a los de 100.000 bolívares en uno y, lógicamente, a los de 10.000 en nada puesto que no muestran ceros suficientes para su maquillaje. Renunciando a las cifras millonarias el manejo de la moneda será más fácil: lo malo es que su valor real seguirá cayendo.

 

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