Papá cajero

Nadie pone en duda que los sufridos papis han de atender todas y cada una de las partidas del presupuesto de gastos para catapultar a los hijos hacia la edad soñada en la que podrán valerse por sí mismos

Papá cajero
ana sanz
ANA SANZJurista y autora de teatro

¿Quién ha dicho que el oficio de madre y padre salga barato? El vínculo afectivo establecido por los padres con sus hijos es una de las experiencias impagables de la vida; sí, pero con el detallito añadido de que lo de impagable habría que entenderlo en un porcentaje muy alto de las relaciones paterno-filiales en sentido literal. Pagar las facturas que genera el dulce sacrificio de sacar adelante a los hijos es una tarea ardua; ardua y sobre todo cara. Pero todo se hace por mor de verlos crecer en las mejores condiciones. Es difícil encontrar a una madre que confiese su reparo en hacer frente a los gastos de sus niños; cosa distinta es la ingeniería financiera que necesita desplegar en la economía doméstica para pagar tantas facturas. Todo son gastos.

En el noble destino de progenitor, además de un sinfín de matices de muy diversa índole y calado, hay que diferenciar, por un lado, el cariño verdadero, ese que, como decía una copla muy célebre de hace bastantes años, ni se compra ni se vende y, por otro, el coste económico de la relación. Una vez sentado que todo desembolso hecho en pro de los hijos, aunque resulte gastoso es gustoso para los padres, también es cierto que no hay en el mundo dinero que pague los caprichos de un niño caprichoso.

Nadie pone en duda que los sufridos papis han de atender todas y cada una de las partidas del presupuesto de gastos para catapultar a los hijos hacia la edad soñada en la que podrán valerse por sí mismos. Por soñar, en medio de tanta noche de insomnio como acompaña la crianza de los hijos, que no quede. Después de todo, soñar es gratis.

En el horizonte del inicio de curso se vislumbra una larga lista de facturas. Es preciso pagar el uniforme escolar en su doble versión de indumentaria para el aula y la que se luce en la cancha o el gimnasio con esas zapatillas tan caras y ese chándal de último grito, además de apoquinar para el material escolar al precio de un Congo y la capital del otro, sufragar los gastos de comedor, sin olvidar los del autobús escolar, hacerse cargo de la cuenta correspondiente a las actividades extraescolares y de los costes inherentes a la socialización de los niños durante su vida de colegiales... Facturas, facturas y más facturas.

Pero una cosa es hacerse cargo de los gastos, sin techo de importe por cierto, mientras los hijos viven bajo el tejado de la casa de mamá durante la infancia, niñez, adolescencia y aun después de cumplir la edad reglamentaria para entrar en la vida productiva –de la universidad y sus rigores monetarios hoy no toca hacer mención–, sin pararnos a contabilizar los gastos que constituyen los llamados por el Código Civil «alimentos» que todo hijo e hija necesitan para hacerse ciudadanos adultos, y otra cosa muy distinta es la de ejercer de dispensador automático de dinero cada vez que la nena o el chaval tienen una ocurrencia de las de pasar por caja como trámite para darse un caprichito.

Cuando desde pequeño se ve sacar un trozo de plástico de la cartera a papá o a mamá y cómo al poco de introducirla en la ranura de una maquinita adosada a la pared de una oficina empiezan a salir billetes a gogó, por un sencillo ejercicio mental de asociación el niño ve lo fácil que es conseguir numerario para pagarlo todo; solo es preciso conducir a los papis cada vez que quiere algo intercambiable por el vil metal hacia ese lugar mágico. No es de extrañar que algunos padres se duelan de la equivalencia establecida entre papá y el cajero automático o mamá y la tarjeta de plástico canjeable por todo lo que pueda pagarse con dinero. No resulta chocante tampoco que todavía resuene el estribillo de aquella canción en la que Los Ronaldos gritaban: «Adiós papá, adiós papá; consíguenos un poco de dinero más». Encima, pitorreo.

'Money money money' parece ser la banda sonora de la película de los chavales. No debe ser fácil crecer entre los estímulos consumistas de un medio ambiente diseñado para el dispendio, me permito apuntar en descargo de quienes han venido al mundo en las últimas décadas en las que, paradójicamente, la crisis económica no se ha visto reflejada en una tendencia a la inhibición de la propensión al gasto de nuestros ciudadanitos, auténtica clase junior de la sociedad materialista. Pero mientras se extiende al nuestro la costumbre de otros países según la cual los chavales, mediante tareas de escasa entidad y contraprestación, hacen frente a sus gastos de bolsillo desde que son adolescentes, al menos bien podrían empezar por no confundir a la autora o al autor de sus vidas con mamá o papá cajero.

 

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